Como se puede concluir, el maltrato infantil emerge a partir
de factores que dependen de su dinámica interna, pero también se deben
considerar aquellas perturbaciones de su medio ambiente que influyen en la
forma de interactuar de sus miembros, los cuales deben acomodarse a estos
cambios. La familia al ser un organismo viviente ha de modificar su
estructura para poder adaptarse a los cambios recobrando su equilibrio:
“Una familia que no logra adaptarse a los cambios, corre el riesgo de
perecer y/o provocar en su seno perturbaciones destructivas en donde los
malos tratos a los niños son una de las consecuencias más dramáticas.” (
Barudy, 1998, p. 41).
Por tanto, en todo sistema familiar existirían ciertos
elementos que se convertirían en estresores (Abengózar et al., 1998).
Dichos estresores pueden ser horizontales y verticales. Los primeros
acrecientan la ansiedad en los momentos de transición en la familia:
nacimientos, hijos adolescentes, matrimonio de los hijos, jubilación, etc.,
además de estas transiciones normativas por las que pasan las familias, se
encuentran los sucesos vitales, que son atemporales, ya que pueden
producirse en cualquier momento del desarrollo y que ponen a prueba la
capacidad adaptativa del individuo produciendo cambios tanto a nivel
individual como familiar: accidentes, enfermedades crónicas, muerte a
destiempo, etc. Los estresores verticales se refieren a los mitos, tabúes,
actitudes, expectativas, patrones familiares, secretos, etc., transmitidos
de generación en generación a todos los miembros del sistema familiar con
los que nos desarrollamos.
La capacidad estresora de los elementos tanto horizontales
como verticales se potencian en la medida en que estos se expresan en forma
simultánea y sincrónica. Así, a mayor cantidad de elementos coincidentes,
mayor potencial estresor, sin olvidar la capacidad adaptativa de algunas
familias que les permite responder adecuadamente a los elementos,
disminuyendo el potencial estresor (op cit.).
Como ya se dijo, los estresores horizontales tienen que ver
con los ciclos vitales de una familia. De acuerdo a Barudy (1998), toda
familia pasa por momentos de adaptación, ya sea por cambios a nivel
intrafamiliar (matrimonio, nacimiento, adolescencia, muerte de uno de sus
miembros, etc.) o en el entorno (cambios de domicilio, de trabajo,
emigración, pérdida del empleo, etc), los cuales involucran momentos de
crisis ante un cambio inminente, pudiendo ser positivo o negativo:
...”Estos momentos de “crisis” son a la vez posibilidades de crecimiento,
como también fuente de tensiones y de estrés intrafamiliar.” (op cit.,
p. 73).
En aquellos casos en que la intensidad de las fluctuaciones
ponen de manifiesto la falta de recursos que permitan el manejo de la crisis
“...aumenta la tensión familiar con el peligro de que los niños, los
elementos más débiles del sistema, sean usados como chivos expiatorios.”
(Barudy,1998, p. 74) surgiendo la violencia en la familia. Los
mecanismos y capacidades de la familia para afrontar estas situaciones de
crisis pueden ser:
·
La resolución de problemas que
lo desencadenaron, cuando la situación estresante es percibida como
susceptible de ser modificada.
·
Buscar información y apoyo en su
entorno, ya sea profesional o no, para encontrar soluciones a los problemas
que desencadenaron la tensión. En este caso la familia aún es capaz de
manejar los problemas, teniendo aún sus miembros fuerzas y energía para
pedir ayuda.
·
Control de las emociones
engendradas por los problemas que provocan las tensiones. Aquí las
respuestas familiares van dirigidas a calmar los estados emocionales y el
malestar psicológico, provocados por la fuente de estrés. En este caso el
problema es percibido como no susceptible de cambio. Este mecanismo es
utilizado a menudo por las familias que maltratan a sus hijos, ya que los
adultos reaccionarán agresivamente para anular la causa directa de enojo y
calmar así la emoción creada por los problemas. A su vez, los niños
afectados también por la situación de crisis pueden presentar trastornos de
conducta (están más difíciles, lloran más fácilmente, no obedecen), lo que
puede exasperar aún más a los padres, que para tratar de dominar la
situación usaran la violencia (op cit.).
La ayuda del entorno es importante para que la
familia encuentre los recursos necesarios para lograr un nuevo equilibrio.
Por ejemplo, una persona que apoye y ayude en el nacimiento de un niño y una
red social de parientes o amigos son condiciones protectoras. De manera
similar, relaciones emocionalmente satisfactorias con otros conduce a la
satisfacción en el rol parental, que promueve la resiliencia en el
enfrentamiento del estrés (Fraser;1997) , y en este contexto la ayuda del
psicólogo es fundamental, ya que posibilita que la familia movilice mejor
sus recursos, contribuyendo a su estabilización en un nuevo equilibrio.
Barudy (1998) señala que en su experiencia con familias que producen
maltrato, se ha dado cuenta que al inicio de las crisis, los padres utilizan
la resolución de problemas y la búsqueda de información, pero a medida que
se les agotan sus recursos tienden a controlar sus emociones.
Esto es propio de aquellas “...familias que producen violencia
intrafamiliar y maltrato en un contexto de crisis, donde los recursos
normales para asegurar la integridad de los miembros, especialmente la de
los más débiles, se encuentran momentáneamente agotados.” (p. 47) Lo
mismo ocurre con aquellas familias a las que llama “crónicamente violentas y
abusivas” cuya forma de reaccionar violenta responde a un uso casi
permanente del mecanismo de control de emociones y no solo en respuesta a
una crisis en particular, lo que no les permite a sus miembros percibir
adecuadamente tanto su sufrimiento, como el de los demás miembros del
sistema familiar.
