Pedro E.
Güell
Doctor en Sociología, funcionario del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo
Familia y sociedad están mutuamente imbricadas y dependen la una de la otra.
Eso exige un análisis de relaciones recíprocas y complejas donde no caben
causas simples ni explicaciones omnicomprensivas. Se trata de un objetivo
difícil pues no se dispone de marcos de interpretación relativamente
validados que permitan vincular las transformaciones en la vida cotidiana de
la familia con las nuevas transformaciones en los procesos culturales,
económicos o políticos o viceversa.
Para construir un punto de partida a esta exposición podemos partir del
Informe de Desarrollo Humano en Chile 1998 elaborado por el PNUD. El Informe
describe un conjunto de ámbitos diferenciados en los que la población
experimenta hoy inseguridad: educación, trabajo, seguridad ciudadana,
comunicaciones, previsión, salud, medioambiente. Es en la dinámica familiar
donde esas dimensiones se agrupan y engloban pudiendo generar experiencias
generalizadas de incertidumbre y crisis. En la vida familiar es donde
primero se experimentan las inseguridades sociales y es también allí donde
se elaboran las estrategias más básicas para su enfrentamiento.
1. De los problemas puntuales a la crisis familiar
Todas las familias han tenido dificultades para gestionar problemas
puntuales de su vida familiar, y eso les ha producido fuerte inseguridad. Se
mencionan problemas laborales, de educación, salud, previsionales, de
seguridad ciudadana y algo que se refiere al esfuerzo por mantener a la
familia integrada dentro de lo que se estiman los cánones normativos de la
sociedad.
Pero, ¿son tan puntuales estos problemas? Vistos con detención, en estos
problemas aparentemente puntuales están involucradas dimensiones cruciales
para la organización de las relaciones entre familia y sociedad. Los
problemas que pueden experimentar las familias en los campos laborales, de
salud, educacionales, de integración normativa, etc., son sólo problemas,
por duros que sean, y no crisis cuando no arriesgan esta relación más
profunda entre sociedad y familia. Es decir, cuando la cesantía no deriva en
desintegración social; cuando la repitencia escolar no deriva en anomia;
cuando la enfermedad no deriva en desamparo y cuando la rebeldía no deriva
en estigma y exclusión. Mientras la cesantía se mantenga como cesantía, o
sea como pérdida temporal del trabajo no hay problema en la relación familia
y sociedad porque quiere decir que los mecanismos que la sociedad provee
para superar la cesantía han sido eficaces. Lo mismo debería ocurrir en el
campo de la salud, la previsión, la educación, la integración normativa y el
manejo de los conflictos familiares. El punto crítico que importa es cuando
estos problemas dejan de ser puntuales y se desbordan hacia los otros
ámbitos de la vida familiar. Allí se pone en evidencia que la relación entre
la familia y la sociedad deja de ser complementaria. Los mecanismos
provistos por la sociedad no alcanzan para contener las crisis familiares y
asegurar la permanencia de su integración al resto de la sociedad.
Lo que llama la atención es que para la gran mayoría de las familias los
problemas puntuales mencionados derivaron, cuando surgieron, en problemas
generalizados que amenazaron su integración como familia y su relación con
la sociedad.¿Cómo ocurre esta derivación? ¿Cómo ocurre que problemas
puntuales terminan en problemas de integración, en problemas de sentido, en
problemas de comunicación, en problemas de anomia?
Es la propia gente la que describe en sus relatos este tránsito de los
problemas puntuales a la crisis generalizada. En su lenguaje esto se expresa
como “no supimos qué hacer”. Las familias no supieron cómo actuar para
generar control en los problemas y poder mantenerlos dentro del ámbito
específico de esos problemas. El “no saber qué hacer” condujo, precisamente,
a que estos problemas se generalizaran sobre los otros campos de la vida
familiar.
Siendo las familias las depositarias de los saberes tradicionales para la
gestión de los problemas familiares, ¿cómo surge el “no saber que hacer”?.
Lo primero es que hay problemas de nuevo tipo frente a los cuales las
familias no disponen de los recursos correspondientes, ni cognitivos ni
materiales, ni de sociabilidad. Entre estos puede citarse el que las
familias se ven obligadas a convivir con la inestabilidad laboral como un
hecho estructural, con el trabajo femenino, con la transformación de la vida
íntima o de la sexualidad. Los mismos códigos tradicionales de normalidad se
transforman, como se revela en el problema de los miembros de la familia
adictos a las drogas, donde delincuencia y enfermedad se mezclan.
También están las dificultades para integrar las nuevas imágenes de roles
familiares que circulan en la conversación pública y privada. Hay una nueva
imagen de mujer, una nueva imagen de adolescencia, una nueva imagen de
padre. Es decir, hay problemas y exigencias nuevas frente a los cuales la
sociedad no ha provisto a la familia de los recursos correspondientes para
enfrentarlas. Las imágenes de cuerpo, por ejemplo, que nos está proveyendo
la sociedad no alcanzan para relacionarnos con la nueva presencia del cuerpo
al interior de la familia.
Pero no sólo hay problemas nuevos frente a los cuales la sociedad todavía no
ha provisto de recursos nuevos; hay también problemas tradicionales frente a
los cuales los recursos que la sociedad proveyó hoy día están debilitados o
se tornan ineficientes. La sociedad proveyó a las familias de un conjunto de
recursos emocionales, económicos, de integración, etc., mediante las tramas
y redes sociales que ella favorecía. Estas tramas permitían que las familias
manejaran sus conflictos abriéndolos hacia el entorno inmediato, ya sea
familiar, barrial, sindical, político, deportivo, eclesial etc. La
retracción de la sociabilidad, es decir el debilitamiento de esas redes y
vínculos y la sobreconcentración en los vínculos familiares e íntimos, ha
debilitado ese recurso. En ausencia de esas redes las familias hacen
circular los problemas sobre sí mismas, acelerando el carácter espiral de
las crisis.
Se debilita también el discurso de la autoridad patriarcal o paternal y la
correspondiente imagen maternal. Más allá de reconocer la inadecuación
funcional y normativa de ese discurso hoy día, él operó como un recurso de
acción en determinados contextos, como los referidos a la socialización y al
disciplinamiento. En ausencia de un claro reemplazo a nivel concreto del
discurso patriarcal por otros más adecuados, hay problemas que quedan sin
herramientas. Es más, hay problemas que quedan sin visibilidad ni
legitimidad, como el de la producción de las autoridades familiares.
Las crisis producidas por estos dos tipos de razones que se ha mencionado no
aluden a “asuntos de familia”, y eso importa recalcarlo. Se trata de crisis
en la relación familia/sociedad. Hay dos razones de orden general que pueden
contribuir a entender esta crisis:
a) Primero, porque es connatural al proceso de modernización en cualquier
parte el debilitar los pactos tácitos que constituyen a la cultura. Los
aspectos familiares, sin embargo, por la complejidad de los vínculos y
sentidos que acarrean, resultan especialmente difíciles de reconstruir en el
plano reflexivo e intencional en el que la modernidad suele replantear los
vínculos. En cualquier caso esa reconstrucción – como ocurre con la
transformación del rol de la mujer en el hogar y el trabajo o con la imagen
de juventud – es siempre más lenta que los cambios efectivos a los que
intenta adaptarse. La desadaptación de los recursos culturales es propia de
la modernidad. Esto equivale a decir que en una modernidad real, la familia
vive cuotas importantes y persistentes de crisis.
b) Segundo, también es propio de la modernidad construir intencionalmente
recursos para la gestión de las crisis que afectan a la familia, entre los
que se encuentran las políticas públicas. En síntesis, ya sea por razones
culturales o institucionales, de modernidad o de modernización, la sociedad
no está proveyendo a la familia de los recursos necesarios para que ésta
realice su parte del pacto.