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La violencia entre los niños y jóvenes
(Revista Hacer Familia, nº 47. M. Ester Roblero)

 

“Ayala, eres hombre muerto”. Esta frase no corresponde a una película sobre la “cosa nostra” sino a una amenaza escolar, dirigida por un niño de trece años a un compañero de curso. ¿Qué hizo Ayala para merecer esto? “Nada, pero le encuentro cara de tonto”, responde el matón, mientras sus tres secuaces se retuercen de la risa.


No se trata de simples travesuras, o de bromas más o menos pesadas. Lo que los padres y profesores advierten entre muchos niños y adolescentes es una relación agresiva y progresivamente cruel.

Podríamos transcribir cientos de anécdotas para graficar este fenómeno y que nos fueron narradas mientras preparábamos este reportaje. Como la del niño a quienes sus propios compañeros de curso le robaron los cuadernos, los materiales, el bolso de deporte, el personal estéreo, y todo lo que llevaba al colegio, porque lo encontraban “ordinario”. No obstante, ¿de que serviría echarle más pelos a esta sopa, que todos los padres de familia hemos probado?

Preferimos elaborar un listado de iniciativas que podríamos implementar con urgencia para evitar que se imponga la ley de la selva entre los niños y adolescentes.
 

El violento útil

Todo sería tanto más fácil si los demás compañeros de curso o de barrio hicieran ver a este niño o niña que su actitud es mala. Sin embargo, esta es la edad de la inseguridad personal, del tránsito de la niñez a la juventud y un “matón” les parece un excelente puente a algunos: por eso, en esta etapa en que adquiere tanta importancia el grupo de amigos, en torno al matón, más que un grupo se forma una pandilla. Más aún, ese matón es frecuentemente utilizado por el curso, incluso por sus propias víctimas. Llegado el momento “lo mandan” a enfrentarse con el matón de otro curso u otro barrio: así se mantiene su fama.
 

Inculcar valores sociales en la familia

La solidaridad, la compasión, el respeto, el arrepentimiento por un daño causado, la capacidad de pedir perdón, son algunos de los valores sociales que se aprenden en la familia durante los primeros años de vida. Y no a través de clases teóricas, sino de la convivencia entre los hermanos. Para que esa convivencia sea fuente de aprendizajes positivos es indispensable que las relaciones entre hermanos sean reguladas por los padres y, en ausencia de ellos, reguladas según sus instrucciones por nanas o quienes queden a cargo. No pegarle al más chico, no acusar, defender al que está siendo agredido, tranquilizar al que tiene miedo, ayudar al que pide ayuda, pedir perdón al que se pasó a llevar, etcétera, son las ocasiones en que los niños aprenden a vivir estos “valores sociales”. Pero esas ocasiones pueden pasar de largo si los papás estén alertas y disponibles para insistir en su puesta en práctica y para dar el ejemplo en ello.
 

Explotar la virilidad del padre

Aunque en otras páginas de esta revista escribimos que la madre es irremplazable, hay que agregar que el padre también. Más aún, el aporte específico que él realiza en la familia es exclusivo de su sexo. En una excelente conferencia dictada por el psicólogo norteamericano Wade Horn -y a la que asistió Hacer Familia- se expusieron aquellos aspectos en que el padre es indispensable. Uno de éstos se refiere al control de la agresividad de los niños. Ese “juego brusco” sobre el suelo, entre guerreros o monstruos, que protagoniza un papá con sus niños pequeños es indispensable en la vida, señalaba Wade Horn. El niño aprende ahí que su padre lo quiere, que su padre tiene fuerza, que su padre se controla, que su padre lo frenará a su vez cuando él vaya más allá del juego.
 

Más adelante, padre e hijo ya no jugarán sobre el suelo. Pero el niño seguirá observando cómo se autocontrola un hombre. Y ese padre -que jugó con su niño- es capaz a su vez de seguirlo guiando. Es un hecho -opina Horn, quien fue comisionado para Juventud y la Familia en EE.UU.- que el padre es determinante en el rendimiento escolar, la autoestima, y el autocontrol de sus hijos varones. Con respecto a la mujeres, agregó que -contrariamente a lo que muchos creen-, es el padre quien enseña a su hija a representarse como mujer; es el espejo en que la niña verifica su identidad femenina.
 

Crear rituales de iniciación

Wade Horn, el psicólogo norteamericano antes citado, señala que una ayuda que tradicionalmente han prestado los padres a sus hijos es ofrecer instancias para emerger desde la niñez a la adultez. En otras épocas existían rituales establecidos para este fin -como la presentación en sociedad de las quinceañeras, o el regalo de la primera máquina de afeitar al hijo hombre-, pero hoy en día se ha perdido tradiciones y el sentido que ellas suponían. Hecho muy lamentable, señala Horn, porque “cuando faltan esos rituales o bendiciones, que marcan la transición de la adolescencia a la madurez, un hombre seguirá siendo psicológicamente un niño. Invertirá sus años de hombre buscando esa afirmación que ha perdido. Y para ser lo suficientemente hombre se servirá de otros medios. Meterse en una pelea, por ejemplo. (...) La mayor parte de las patologías sociales de los hombres adultos se puede remontar a la ausencia de un padre que diga al chico ‘Bienvenido a la comunidad de los hombres’”, explica Horn.
 

Si nos detenemos a observar la conducta de nuestros adolescentes comprobaremos que sus rutinas de entretención están marcadas por “ritos de iniciación” que incluyen desde actividades tan sanas como ir por primera vez a una fiesta, hasta otros excesos con carácter ritualista como juntarse a tomar hasta emborracharse o partir a una discoteque con ánimo de guerreros en busca de pelea.

Es indispensable que los padres se detengan a conversar sobre este tema y que establezcan sus propios rituales, para que sus hijos sientan que van ingresando al mundo adulto por el camino correcto.
 

Neutralizar  a los hermanos mayores

La experiencia de los profesores y orientadores es que el niño física y psicológicamente agresivo tiene un perfil bastante típico: es muy precoz para sus años (cuenta que sale solo a la calle, que fuma, que se junta con niños mayores) y habitualemnte tiene hermanos mayores que han dejado “huella” en el colegio por desafiantes de la autoridad escolar.
 

Los profesores jefe cuentan que cuando llaman a los padres a una entrevista para señalarles que su hijo es agresivo y golpea o molesta a sus compañeros, esos padres reconocen que los hermanos mayores tienen tomada la casa e imponen el tono familiar. En efecto, cuando los hermanos mayores derriban los límites para los permisos, horarios y  otros convenios familiares, causan un severo daño a sus hermanos menores.
 

Por algún tiempo creerán que son más felices sin límites, pero a poco andar se dejan ver los efectos de crecer sin contenciones: no sólo se desestabiliza el rendimiento escolar sino, lo que es mucho peor, el equilibrio del carácter. Algunos papás creen que es demasiado tarde para frenar a los hijos mayores -que entran y salen a cualquier hora, hablan de cualquier tema delante de los padres y hermanos sin respeto por sentimientos ni creencias... Sin embargo, nunca es tarde. Y tal vez habría que partir por dialogar con esos hermanos mayores sobre el futuro de los menores. Y recomenzar la dinámica familiar, ahora en función de los más chicos.
 

El “pim-pom” de la agresividad también es una imitación de las series de televisión: a un niño de doce años lo molestan en la liebre. El niño llega llorando y asegura que si va la mamá reclamar lo va a dejar en ridículo. Entonces el hermano mayor habla con sus amigos y advierten al que lo molesta: “Sigue y vas a ver lo que te pasa”. Este, a su vez, involucra a los del curso paralelo de esos alumnos. “Hay colegios”  -explica un orientador- “en los cuales existen verdaderas dinastías familiares de hermanos y primos que actúan en bloque frente al resto”. ¡Cuánto bien harían si actuaran en bloque para sacar adelante iniciativas positivas!



 

Contrarrestar la influencia de la televisión

Se habla mucho de la influencia negativa de la programación violenta de televisión. Y los padres suelen asociar esa programación con monitos animados tipo Power Rangers o Dragon Ball. Sin embargo, cálculos realizados en EE.UU. -plenamente aplicables a Latinoamérica- informan que un niño que ve siete horas de televisión al día, al final de la educación primaria habrá visto alrededor de ocho mil asesinatos y cien mil actos de violencia. Durante esos mismos años, conversa un promedio diario de cinco minutos con su padre y 20 con su madre.     (Cifras contenidas en el libro “Aprenda a Discernir”, de Robert G. DeMoss).
 

¿Sería realista creer que los niños son impenetrables a los asesinatos y crueldad que ven siete horas al día? ¿Podemos dejarnos convencer por quienes aseguran que no hay ninguna prueba científica que demuestre que la violencia exhibida en televisión es la responsable de la creciente agresividad humana? Por el contrario, más bien deberíamos creer en los numeros estudios (entre ellos, por ejemplo, el titulado “Desensibilización de los niños a la violencia de la TV”, de Victor Cline) que informan que existe una relación directa entre ser hostil y depresivo y ver mucha televisión.
 

Como en la mayoría de nuestros hogares existen televisores y acceso a canales, y un ánimo de no “meter a los niños en una burbuja”, lo lógico sería neutralizar la influencia de la tele a través de conversaciones  más largas con los hijos. Si esos cinco minutos diarios del padre se transforman en media hora de conversación profunda con el hijo, y la madre por su parte, lograra que los suyos tuvieran otro tema que el orden y los deberes escolares y se abrieran hacia valores sociales, se lograría bastante.


 

OJO

Perfil del matón

Los profesores que conviven con estos hechos explican que si bien siempre han existido líderes negativos, actualmente existen varios adolescentes con estas características en cada curso, que lideran esta “ley de la selva”. Los identifican como:
 

* Niños(as) que tempranamente quedaron encasillados(as) como agresivo(a), y precoces.
 

* Se presentan a sí mismos(as) como “vividores(as)” y aunque tengan escasos 12 años, dicen : “yo pololeo”, “yo salgo con amigos o primos grandes”, “yo fumo, voy solo(a) a comprar”... A los 13 o 15 años comentan proezas mayores y despiertan suspicacia o estupor en el resto.
 

*  Son niños o niñas muy mal influenciados por sus propios hermanos mayores. Es muy común que esos hermanos sean a su vez agresivos -en versión masculina o femenina- y que sus padres hayan perdido todo control sobre ellos. Entonces, los que marcan el tono familiar son los hermanos grandes.
 

* Son niños(as) que tienen reacciones desproporcionadas, y que responden con golpes o insultos ante estímulos insignificantes. Es habitual que su falta de tolerancia obedezca que han sido criados entre algodones, sin ningún tipo de exigencia familiar; o a padres ausentes y que cuando están, les gritan.
 

¿Qué hacer si nuestro hijo es víctima de esta “ley de la selva”?
 

* Primero, es muy importante distinguir entre un hijo “al que todo el curso molesta”, del hijo que es molestado, al igual que el resto, por los niños o niñas conflictivas del curso. Esto, porque en la primera situación tal vez existen actitudes del propio hijo que generan rechazo en sus compañeros y habría que estudiar el problema desde otra perspectiva.
 

* Pero si nuestro hijo es equilibrado y pacífico, amistoso y solidario, y se ve enfrentado a juegos de lealtades entre grupos, o definitivamente atacado, debemos evitar a como de lugar frases como “pega tú también”, “dale duro”, o “no le hables más a esa niña”. Esto sólo conseguiría que nuestro hijo renuncie a sus propios valores sociales y pierda gran parte de la ilusión con que debe llegar a la edad adulta.
 

* Es importante insistirle en que él o ella están en lo correcto. Mostrarle cómo detrás de la agresividad siempre hay mucha inseguridad. Proponerle hablar con otros niños o niñas para idear cómo mejorar el ambiente de su curso, hacer ver y comentar películas acordes para su edad donde se muestran actitudes pandillescas o dominantes de adolescentes.
 

* Por nuestra parte, en las reuniones de apoderados, conversar con otros papás para evitar que los adultos tomen partido en estos asuntos y en cambio, fomenten en sus casas un cambio de actitud.

 

 

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