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“Ayala, eres hombre muerto”. Esta frase no corresponde a una
película sobre la “cosa nostra” sino a una amenaza escolar,
dirigida por un niño de trece años a un compañero de curso. ¿Qué
hizo Ayala para merecer esto? “Nada, pero le encuentro cara de
tonto”, responde el matón, mientras sus tres secuaces se
retuercen de la risa. |
No se trata de simples travesuras, o de bromas más o menos pesadas. Lo que
los padres y profesores advierten entre muchos niños y adolescentes es una
relación agresiva y progresivamente cruel.
Podríamos transcribir
cientos de anécdotas para graficar este fenómeno y que nos fueron narradas
mientras preparábamos este reportaje. Como la del niño a quienes sus propios
compañeros de curso le robaron los cuadernos, los materiales, el bolso de
deporte, el personal estéreo, y todo lo que llevaba al colegio, porque lo
encontraban “ordinario”. No obstante, ¿de que serviría echarle más pelos a
esta sopa, que todos los padres de familia hemos probado?
Preferimos elaborar
un listado de iniciativas que podríamos implementar con urgencia para evitar
que se imponga la ley de la selva entre los niños y adolescentes.
El violento útil
Todo sería tanto más
fácil si los demás compañeros de curso o de barrio hicieran ver a este niño
o niña que su actitud es mala. Sin embargo, esta es la edad de la
inseguridad personal, del tránsito de la niñez a la juventud y un “matón”
les parece un excelente puente a algunos: por eso, en esta etapa en que
adquiere tanta importancia el grupo de amigos, en torno al matón, más que un
grupo se forma una pandilla. Más aún, ese matón es frecuentemente utilizado
por el curso, incluso por sus propias víctimas. Llegado el momento “lo
mandan” a enfrentarse con el matón de otro curso u otro barrio: así se
mantiene su fama.
Inculcar valores
sociales en la familia
La solidaridad, la
compasión, el respeto, el arrepentimiento por un daño causado, la capacidad
de pedir perdón, son algunos de los valores sociales que se aprenden en la
familia durante los primeros años de vida. Y no a través de clases teóricas,
sino de la convivencia entre los hermanos. Para que esa convivencia sea
fuente de aprendizajes positivos es indispensable que las relaciones entre
hermanos sean reguladas por los padres y, en ausencia de ellos, reguladas
según sus instrucciones por nanas o quienes queden a cargo. No pegarle al
más chico, no acusar, defender al que está siendo agredido, tranquilizar al
que tiene miedo, ayudar al que pide ayuda, pedir perdón al que se pasó a
llevar, etcétera, son las ocasiones en que los niños aprenden a vivir estos
“valores sociales”. Pero esas ocasiones pueden pasar de largo si los papás
estén alertas y disponibles para insistir en su puesta en práctica y para
dar el ejemplo en ello.
Explotar la
virilidad del padre
Aunque en otras
páginas de esta revista escribimos que la madre es irremplazable, hay que
agregar que el padre también. Más aún, el aporte específico que él realiza
en la familia es exclusivo de su sexo. En una excelente conferencia dictada
por el psicólogo norteamericano Wade Horn -y a la que asistió Hacer Familia-
se expusieron aquellos aspectos en que el padre es indispensable. Uno de
éstos se refiere al control de la agresividad de los niños. Ese “juego
brusco” sobre el suelo, entre guerreros o monstruos, que protagoniza un papá
con sus niños pequeños es indispensable en la vida, señalaba Wade Horn. El
niño aprende ahí que su padre lo quiere, que su padre tiene fuerza, que su
padre se controla, que su padre lo frenará a su vez cuando él vaya más allá
del juego.
Más adelante, padre e
hijo ya no jugarán sobre el suelo. Pero el niño seguirá observando cómo se
autocontrola un hombre. Y ese padre -que jugó con su niño- es capaz a su vez
de seguirlo guiando. Es un hecho -opina Horn, quien fue comisionado para
Juventud y la Familia en EE.UU.- que el padre es determinante en el
rendimiento escolar, la autoestima, y el autocontrol de sus hijos varones.
Con respecto a la mujeres, agregó que -contrariamente a lo que muchos
creen-, es el padre quien enseña a su hija a representarse como mujer; es el
espejo en que la niña verifica su identidad femenina.
Crear rituales de
iniciación
Wade Horn, el
psicólogo norteamericano antes citado, señala que una ayuda que
tradicionalmente han prestado los padres a sus hijos es ofrecer instancias
para emerger desde la niñez a la adultez. En otras épocas existían rituales
establecidos para este fin -como la presentación en sociedad de las
quinceañeras, o el regalo de la primera máquina de afeitar al hijo hombre-,
pero hoy en día se ha perdido tradiciones y el sentido que ellas suponían.
Hecho muy lamentable, señala Horn, porque “cuando faltan esos rituales o
bendiciones, que marcan la transición de la adolescencia a la madurez, un
hombre seguirá siendo psicológicamente un niño. Invertirá sus años de hombre
buscando esa afirmación que ha perdido. Y para ser lo suficientemente hombre
se servirá de otros medios. Meterse en una pelea, por ejemplo. (...) La
mayor parte de las patologías sociales de los hombres adultos se puede
remontar a la ausencia de un padre que diga al chico ‘Bienvenido a la
comunidad de los hombres’”, explica Horn.
Si nos detenemos a
observar la conducta de nuestros adolescentes comprobaremos que sus rutinas
de entretención están marcadas por “ritos de iniciación” que incluyen desde
actividades tan sanas como ir por primera vez a una fiesta, hasta otros
excesos con carácter ritualista como juntarse a tomar hasta emborracharse o
partir a una discoteque con ánimo de guerreros en busca de pelea.
Es indispensable que
los padres se detengan a conversar sobre este tema y que establezcan sus
propios rituales, para que sus hijos sientan que van ingresando al mundo
adulto por el camino correcto.
Neutralizar a los
hermanos mayores
La experiencia de los
profesores y orientadores es que el niño física y psicológicamente agresivo
tiene un perfil bastante típico: es muy precoz para sus años (cuenta que
sale solo a la calle, que fuma, que se junta con niños mayores) y
habitualemnte tiene hermanos mayores que han dejado “huella” en el colegio
por desafiantes de la autoridad escolar.
Los profesores jefe
cuentan que cuando llaman a los padres a una entrevista para señalarles que
su hijo es agresivo y golpea o molesta a sus compañeros, esos padres
reconocen que los hermanos mayores tienen tomada la casa e imponen el tono
familiar. En efecto, cuando los hermanos mayores derriban los límites para
los permisos, horarios y otros convenios familiares, causan un severo daño
a sus hermanos menores.
Por algún tiempo
creerán que son más felices sin límites, pero a poco andar se dejan ver los
efectos de crecer sin contenciones: no sólo se desestabiliza el rendimiento
escolar sino, lo que es mucho peor, el equilibrio del carácter. Algunos
papás creen que es demasiado tarde para frenar a los hijos mayores -que
entran y salen a cualquier hora, hablan de cualquier tema delante de los
padres y hermanos sin respeto por sentimientos ni creencias... Sin embargo,
nunca es tarde. Y tal vez habría que partir por dialogar con esos hermanos
mayores sobre el futuro de los menores. Y recomenzar la dinámica familiar,
ahora en función de los más chicos.
El “pim-pom” de la
agresividad también es una imitación de las series de televisión: a un niño
de doce años lo molestan en la liebre. El niño llega llorando y asegura que
si va la mamá reclamar lo va a dejar en ridículo. Entonces el hermano mayor
habla con sus amigos y advierten al que lo molesta: “Sigue y vas a ver lo
que te pasa”. Este, a su vez, involucra a los del curso paralelo de esos
alumnos. “Hay colegios” -explica un orientador- “en los cuales existen
verdaderas dinastías familiares de hermanos y primos que actúan en bloque
frente al resto”. ¡Cuánto bien harían si actuaran en bloque para sacar
adelante iniciativas positivas!