Todo lo que entra en contacto con nosotros tiene un mayor o menor valor
según nuestro esquema valorativo personal. Jerarquizamos valores claramente
dentro de una misma categoria: una medalla de oro vale más que una de
bronce. Entendemos que hay valores de distinta calidad: un minúsculo objeto
tiene para mí gran valor afectivo, como recuerdo familiar, aunque tenga muy
poco valor material. Entendemos que hay valores de rango superior como la
vida, la libertad, la honradez, etc. que a veces nos producen problemas: a
veces hay que elegir entre la honradez y el dinero, la vida familiar o la
vida social (a la hora de educar a los hijos), la vida con autenticidad o la
obsesión por la imagen. Veremos que el gran reto de la educación es lograr
que una persona tenga una verdadera y equilibrada jerarquía de valores.
Valores, actitudes y conductas
Vamos a definir y analizar estos conceptos, cuál es su proceso y cómo se
pueden promover desde la familia. Todo lo que el niño descubre desde muy
pequeño lo va grabando en su mente con una carga positiva o negativa, le da
un valor. Las cosas, las personas, las actividades le resultan agradables o
desagradables, convenientes o inconvenientes, les da un valor; lo cual va
generando en él una inclinación o tendencia positiva o negativa hacia ellas.
Estas tendencias son las actitudes. Hay niños con actitudes hostiles,
cooperativas, disuasorias, participativas, agresivas, etc. Son tendencias
más o menos constantes, modificables, que le hacen ponerse a favor o en
contra de ciertas cosas, personas o actividades. Algo muy importante, pues
son el corazón de la persona, lo que va forjando el modo de ser.
Cuando las actitudes permanecen estables en el tiempo, se transforman en
hábitos de conducta. Son como un carril por el que se desliza el
comportamiento en las situaciones normales o incluso dificiles de la vida.
Los adultos, los niños y los
adolescentes
Los adultos comienzan dando valor a algo
(un deporte, una persona concreta, una actividad intelectual). Estas
valoraciones crean inclinaciones favorables o actitudes, las cuales
terminan produciendo hábitos de comportamiento positivo en relación con
esas cosas, personas o actividades.
Pero en la infancia los valores y actitudes no son lo primero. Inicialmente,
les ayudamos a establecer hábitos poco a poco, amistosamente, a través de
normas, consejos, persuasión afectiva. Después, lentamente se les va
ayudando a descubrir el significado y valor de dichos comportamientos. Se le
prohíbe agredir a su hermano y más adelante, sobre todo a partir de 7 u 8
años, se le ayuda a descubrir el valor de la persona, el respeto.
En la adolescencia sin embargo, hay que
invertir el proceso. El adolescente necesita en primer lugar entender por
qué es bueno para él ese deporte, ese amigo, esa actividad. Si los comprende
puede asumirlo y crear actitudes, las cuales generarán comportamientos
habituales. Si un adolescente siente que le exigen normas y no las
entiende, porque no las conecta con valores, pues a veces tienen una visión
del mundo muy diferente de la nuestra, probablemente se rebelará y
quebrantará las normas. Surgirán los conflictos.
Por otra parte, en los adolescentes y en
los adultos, la sumisión a las normas no significa siempre que se hayan
asumido los valores ni creado las actitudes correspondientes. Muchas normas
se aceptan por temor a una penalización legal o por evitar una culpabilidad
íntima. Cuando desaparecen las sanciones o cuando se debilita la
culpabilidad, aparecen los cambios de comportamiento. No se trata de una
pérdida de valores; éstos no estaban, no apoyaban a las actitudes.
¿Por qué las personas buscan valores?
Los seres humanos somos una unidad
biológica, afectivo-social y buscadora de sentido. Lo biológico es lo
corporal o lo físico; lo psicológico y afectivo-social son nuestros
pensamientos, sentimientos, relaciones sociales; y la dimensión de sentido
es la tendencia que tenemos a encontrar sentido en lo que hacemos, por eso
nos sentimos mal cuando realizamos algo sin sentido; y no soportamos el no
encontrar sentido a nuestra vida y trabajo.
Los tres aspectos interactúan
profundamente en nosotros. Muchas neurosis psicológicas tienen base física;
la falta de sentido produce depresión psicológica e incluso suicidio. Un
disgusto me quita el apetito y el sueño.
Ahora bien; cada una de estas tres
dimensiones producen necesidades, físicas, psicológicas, de sentido, que
buscan ser satisfechas. "Necesidad", significa algo "que no cesa",
tendencias que no cesan hasta que encuentran lo que buscan. Por eso las
personas buscan los valores. Son los bienes que satisfacen nuestras
necesidades. La comida y el vestido son valores vitales que satisfacen las
necesidades biológicas básicas. La afirmación de nuestro yo, el sentimos
queridos y valorados, etc. satisfacen las necesidades psicoafectivas y
psico-sociales. Los valores más profundos, como el encontrar la verdad de
las cosas, la contemplación estética, la solidaridad, el amor, etc.,
satisfacen nuestra búsqueda humana de sentido.
Por qué nuestros hijos no conectan a
veces con los valores
Además de nuestra frecuente falta de
coherencia como educadores, o nuestro defectuoso lenguaje y metodología,
que mencionaremos después, la incapacidad de conectar con valores viene de
que los niños y adolescentes no tienen las disposiciones y capacidades
necesarias para captarlos.
Los valores como es sabido, tienen un componente intelectual, es decir, es
necesario entenderlos para poder asumirlos; tienen también un componente
afectivo, pues no sólo basta caer en la cuenta de un valor, sino que hay que
interesarse por él, admirarlo, adherirse afectivamente; y finalmente, tienen
un componente volitivo o de realización consistente.
Es preciso por tanto una actuación
intencionada para ayudar a los hijos a madurar en lo intelectual, lo
afectivo y en la libertad responsable. Un adolescente infantilizado en
alguno de estos aspectos, tendrá gran dificultad para captar los valores y
comprometerse con ellos. Veamos más en detalles algunas actuaciones posibles
en el ámbito de la educación familiar.