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Promover valores, actitudes y hábitos
(Revista Padres y Maestros nº 287)


Todo lo que entra en contacto con nosotros tiene un mayor o menor valor según nuestro esquema valorativo personal. Jerarquizamos valores claramente dentro de una misma categoria: una medalla de oro vale más que una de bron­ce. Entendemos que hay valores de distinta calidad: un minúsculo objeto tiene para mí gran valor afectivo, como recuerdo familiar, aunque tenga muy poco valor material. Entendemos que hay valores de rango superior como la vida, la libertad, la honradez, etc. que a veces nos producen problemas: a veces hay que elegir entre la honradez y el dinero, la vida familiar o la vida social (a la hora de educar a los hijos), la vida con autenticidad o la obsesión por la ima­gen. Veremos que el gran reto de la educación es lograr que una persona ten­ga una verdadera y equilibrada jerarquía de valores.


Valores, actitudes y conductas


Vamos a definir y analizar estos conceptos, cuál es su proceso y cómo se pueden promover desde la familia. Todo lo que el niño descubre desde muy pequeño lo va grabando en su mente con una carga positiva o negativa, le da un valor. Las cosas, las perso­nas, las actividades le resultan agradables o desagradables, convenientes o inconvenientes, les da un valor; lo cual va generando en él una inclinación o tendencia positiva o negativa hacia ellas. Estas tendencias son las actitudes. Hay niños con actitudes hostiles, cooperativas, disuasorias, participativas, agresivas, etc. Son tendencias más o menos constantes, modificables, que le hacen ponerse a favor o en contra de ciertas cosas, personas o actividades. Algo muy importante, pues son el corazón de la persona, lo que va forjando el modo de ser.


Cuando las actitudes permanecen estables en el tiempo, se transforman en hábitos de conducta. Son como un carril por el que se desliza el comporta­miento en las situaciones normales o incluso dificiles de la vida.

Los adultos, los niños y los adolescentes

Los adultos comienzan dando valor a algo (un deporte, una persona con­creta, una actividad intelectual). Estas valoraciones crean inclinaciones favo­rables o actitudes, las cuales terminan produciendo hábitos de comportamien­to positivo en relación con esas cosas, personas o actividades.

Pero en la infancia los valores y actitudes no son lo primero. Inicialmente, les ayudamos a establecer hábitos poco a poco, amistosamente, a través de normas, conse­jos, persuasión afectiva. Después, lentamente se les va ayudando a descubrir el significado y valor de dichos comportamientos. Se le prohíbe agredir a su hermano y más adelante, sobre todo a partir de 7 u 8 años, se le ayu­da a descubrir el valor de la persona, el respeto.

En la adolescencia sin embargo, hay que invertir el pro­ceso. El adolescente necesita en primer lugar entender por qué es bueno para él ese deporte, ese amigo, esa actividad. Si los comprende puede asumirlo y crear actitudes, las cua­les generarán comportamientos habituales. Si un adoles­cente siente que le exigen normas y no las entiende, porque no las conecta con valores, pues a veces tienen una visión del mundo muy diferente de la nuestra, probablemente se rebelará y quebrantará las normas. Surgirán los conflictos.

Por otra parte, en los adolescentes y en los adultos, la sumisión a las normas no significa siempre que se hayan asumido los valores ni creado las actitudes correspondien­tes. Muchas normas se aceptan por temor a una penaliza­ción legal o por evitar una culpabilidad íntima. Cuando desaparecen las sanciones o cuando se debilita la culpabi­lidad, aparecen los cambios de comportamiento. No se trata de una pérdida de valores; éstos no estaban, no apo­yaban a las actitudes.

¿Por qué las personas buscan valores?

Los seres humanos somos una unidad biológica, afec­tivo-social y buscadora de sentido. Lo biológico es lo cor­poral o lo físico; lo psicológico y afectivo-social son nues­tros pensamientos, sentimientos, relaciones sociales; y la dimensión de sentido es la tendencia que tenemos a encontrar sentido en lo que hacemos, por eso nos senti­mos mal cuando realizamos algo sin sentido; y no sopor­tamos el no encontrar sentido a nuestra vida y trabajo.

Los tres aspectos interactúan profundamente en nosotros. Muchas neurosis psicológicas tienen base físi­ca; la falta de sentido produce depresión psicológica e incluso suicidio. Un disgusto me quita el apetito y el sueño.

Ahora bien; cada una de estas tres dimensiones pro­ducen necesidades, físicas, psicológicas, de sentido, que buscan ser satisfechas. "Necesidad", significa algo "que no cesa", tendencias que no cesan hasta que encuentran lo que buscan. Por eso las personas buscan los valores. Son los bienes que satisfa­cen nuestras necesidades. La comida y el vestido son valores vitales que satisfacen las necesidades biológicas básicas. La afirmación de nuestro yo, el sentimos queri­dos y valorados, etc. satisfacen las necesidades psico­afectivas y psico-sociales. Los valores más profundos, como el encontrar la verdad de las cosas, la contempla­ción estética, la solidaridad, el amor, etc., satisfacen nuestra búsqueda humana de sentido.

Por qué nuestros hijos no conectan a veces con los valores

Además de nuestra frecuente falta de coherencia como educadores, o nuestro defectuoso lenguaje y meto­dología, que mencionaremos después, la incapacidad de conectar con valores viene de que los niños y adolescen­tes no tienen las disposiciones y capacidades necesarias para captarlos.
Los valores como es sabido, tienen un componente intelectual, es decir, es necesario entenderlos para poder asumirlos; tienen también un componente afectivo, pues no sólo basta caer en la cuenta de un valor, sino que hay que interesarse por él, admirarlo, adherirse afectivamente; y finalmente, tienen un componente volitivo o de realiza­ción consistente.

Es preciso por tanto una actuación intencionada para ayudar a los hijos a madurar en lo intelectual, lo afectivo y en la libertad responsable. Un adolescente infantilizado en alguno de estos aspectos, tendrá gran dificultad para captar los valores y comprometerse con ellos. Veamos más en detalles algunas actuaciones posibles en el ámbito de la educación familiar.
 


Aplicaciones educativas

1. La coherencia

Somos modelos de identificación y no podemos evi­tarlo. Los niños no sólo tienen que oír nuestras palabras acerca de los valores, sino que tienen que verlos realiza­dos en nosotros, como una enseñanza audio-visual. Senci­llamente, es preciso dar ejemplo de los valores que quere­mos trasmitir.


2. La información

Las palabras son también importantes. Tenemos que proponer los valores con un lenguaje apropiado y en un clima de diálogo. Los niños y adolescentes necesitan recibir algunas claves mentales para captar valores, la información de "por qué eso es bueno". Los animales y las plantas no necesitan tal información. Ya tienen un código genético que se lo dicta. Pero los niños y adoles­centes necesitan que les enseñemos los valores.
Cuando los padres expresan agrado o desagrado, con­fianza o temor, alegría o indiferencia ante ciertas cosas o circunstancias, le están diciendo a los niños que eso es lo bueno y eso otro lo malo. Y lo mismo cuando reaccionan con alabanzas o reproches, premios o castigos, refuerzos positivos o negativos, ante determinadas conductas de sus hijos. Los niños necesitan padres preocupados por esto, sin angustiarse. Cierto estilo de educación despreo­cupada no contribuye a la captación de los valores.

Cuando son adolescentes, deben ser capaces de pensar por sí mismos, razonar correctamente. Si no desarrollan esta capacidad, no podrán emitir juicios de valor con perso­nalidad, y serán carne de manipulación social, de los esló­ganes del momento. La escuela puede cooperar a enseñar a pensar literaria, científica, artística y humanizadoramente.

Pero esta información debe realizarse personalizada­mente, en clima de diálogo. Los valores no se imponen, se proponen. Recordemos que la conversación es un sis­tema de comunicacíón que no pretende conseguir nada a corto plazo. Se trata de hablar, razonar, escuchar, cambiar opiniones, ir ayudando a formar lentamente una mentali­dad (véase lo tratado en otros temas acerca del diálogo-­conversación, distinto del diálogo-negociación).
En todo caso es importante utilizar un lenguaje ade­cuado, no muy distante de su estilo y cultura infantil y juvenil, teniendo en cuenta el nivel de evolución mental, afectivo y social, aspectos que hemos ido desarrollando en anteriores conferencias.

3. Lo afectivo

No bastan los aspectos intelectuales. Hay expertos en ética que actúan corruptamente, abogados que actúan ile­galmente, médicos que falsean licencias, etc. A la com­prensión del valor hay que añadir la satisfacción y gratifi­cación afectiva: sentirse valioso ante los demás, aprecia­do por las personas significativas para nosotros, sentirse orgulloso de sí mismo en el buen sentido de la palabra, etc.

Si en la familia existe un clima frío, autoritario donde los hijos no se sienten muy valorados, puede haber ausencia de estas satisfacciones afectivas; y por eso, algunos padres, que a veces son muy coherentes y buenos informadores, no acaban de trasmitir ciertos valores a los hijos.

No basta pedir el cumplimiento mecánico de las nor­mas y la planificación fría de normas y sanciones. No podemos quedamos en la norma por la norma, el deber por el deber, etc. Si un níño no satisface adecuadamente su necesidad de autoestima, tiende a cerrarse sobre sí mismo, manifestar agresividad o ínhíbición, o por el contrario dejarse llevar por otros, volviéndose sumiso y dócil.

4. Comportamientos habituales

Además de entender los valores y sentir satisfacción por ellos, es necesario transformados en hábitos. No bas­ta admirar una cosa o sentirse afectivamente atraído hacia ella; es necesario crear en mi una tendencia a actuar en consonancia con ella. Entonces se produce una verdadera interiorización de los valores.

Hemos mencionado la creación de hábitos en la pri­mera infancia. La familia es la primera fuente de autori­dad. Las normas son necesarias para crear hábitos. Pero hay que procurar no gastar la autoridad con intransigen­cias ante cosas secundarias, o con benevolencias cuando hay trasgresiones en asuntos importantes. Si el exceso de normas puede ahogar la autoestima, la ausencia de nor­mas puede conducir a una desorientación: todo vale, todo da lo mismo y por lo tanto nada vale.

En resumen, para ayudar a un niño y adolescente a asumir los valores y crecer en madurez y responsabilidad, hay que desarrollar los aspectos intelectuales y afectivos de la libertad.

 

 

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