(Extracto 2º Encuentro de
Orientadores Maristas
Dificultades de Adaptabilidad y Salud Mental Durante la Edad Escolar)
Para valorar debidamente los robos y hurtos
en niños pequeños hay que tener siempre muy en cuenta el factor edad pues, para
considerarlos negativamente, el alumno ha de tener ya un concepto real de lo que
es la propiedad, y esto no se produce hasta los seis o siete años.
Antes de esta edad los niños se apoderan de golosinas, lápices, juguetes o
cuentos sin tener la sensación de estar haciendo algo indebido. Por eso lo
olvidan pronto o lo devuelven, porque la apropiación sólo tenía carácter
temporal. También ha de tenerse en cuenta el valor de lo hurtado pues quitar
bolígrafos, gomas de borrar, pastillas de chicle y cosas por el estilo, no debe
tener, aun después de los siete años, la consideración de robo. Es más serio
cuando lo que se sustrae es dinero, por muy pequeña que sea la cantidad o cuando
los objetos son ya más valiosos, como relojes o balones.
La sustracción de dinero empieza casi siempre por el de los padres, sigue con el
de los compañeros de curso y puede acabar con el de cualquier persona que tenga
cerca. Sólo en medios familiares «muy especiales» se producen en estas edades
robos a personas desconocidas.
Muchas veces, después de apoderarse de dinero, «el ladrón» lo reparte entre sus
amigos o compra cosas que también reparte, constituyendo esto lo que se denomina
«robo generoso» que, en muchas ocasiones, no tiene más objetivo que comprarse
amigos cuando por alguna razón se siente rechazado o, sin serlo, es demasiado
tímido para tenerlos de otra manera.
Como mecanismos inconscientes en la comisión de hurtos infantiles se citan: la
llamada de atención; son alumnos que se sienten abandonados, con razón o sin
ella, por padres o maestros. También el sentimiento mágico de que, al apoderarse
de algo de otro, adquieren parte de su potencia y valor.
Para la valoración de este tipo de conductas y su importancia real a efectos de
ponerlas en tratamiento psicológico, hay que considerar, no sólo la magnitud de
lo sustraído sino también la reincidencia, pues es ésta precisamente la que da
el carácter de antisocial al hurto infantil.
Más importantes son los robos en pandilla que generalmente se cometen en grandes
almacenes, y que suelen tomar la forma de campeonatos para ver quién o qué grupo
roba más objetos y de más valor. Lo más atrayente de esta conducta, ya
predelictiva, es la emoción (miedo) de ser descubiertos y después castigados.
Hay que valorar cuidadosamente este tipo de actividad que une el robo a la
emoción del miedo de ser descubiertos, porque esta conjunción es precisamente el
núcleo de la cleptomanía del adulto, aunque alumnos cleptómanos pueden existir,
esto es muy poco frecuente.
Un tipo de robos más frecuentes a esta edad son los «robos por venganza», es
decir los que cometen algunos chicos que quitan algo a algún compañero del que
no pueden vengarse de otra manera. Más refinamiento supone cometer un hurto, por
ejemplo, en el colegio, y achacárselo, a veces hasta con misivas anónimas a los
profesores, al compañero de quien quieren vengarse.
En los adolescentes, los robos tienen ya otro significado y se cometen la
mayoría de las veces para obtener alguna utilidad, desde dinero hasta
motocicletas o automóviles, aunque en ocasiones no sean más que robos de «autoafirmación»,
para probarse a sí mismos o a los demás, que ya es un hombre. Por otra parte las
bandas juveniles pueden cometer robos perfectamente planeados y ejecutados como
los de los adultos.