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Conocerse más y mejor a sí mismo

 

Raúl Cheix M.

Director CEIS Orientación y Capacitación

Seminario de Desarrollo Personal y Desempeño Profesional

 

1. Historia personal:

 

Cada uno de nosotros tiene una particular idea respecto de lo que es la historia. Generalmente asociamos la historia a personajes, batallas o sucesos de gran trascendencia.  Y eso es cierto, pero sólo en parte. La historia es reconstruir el pasado a fin de comprender de manera más cabal el presente.  En la historia hay un plano público-social y otro privado-doméstico.  Claro que a lo largo de la historia ha habido batallas y grandes acontecimientos y eso sería lo propio de la historia pública-social.  Pero también es cierto que han sucedido una serie de situaciones que han afectado a las personas comunes y corrientes y que no han quedado registradas en ningún libro. Este sería el campo de la historia de la vida privada o doméstica.   

 

Con el marco de referencia anterior, en este Seminario nos acercamos a la historia desde una perspectiva un poco diferente a la que nos hemos formado en nuestra experiencia escolar.  Aquí nuestro interés se centra en la persona singular y en lo que le ha sucedido, de lo que ha sido testigo, lo que ha provocado, la forma como ha salido adelante en determinado conflicto, las soluciones que ha dado a ciertas situaciones, etc.

 

En la visión que cada uno tiene de la propia vida influyen los hechos-acontecimientos, las apreciaciones afectivas que ellos despiertan en cada uno y los conceptos-ideas que la persona se ha ido formando respecto de sí mismo.

 

Los hechos-acontecimientos son el sinnúmero de eventos que la persona ha vivido más o menos conscientemente.  Algunos de ellos permanecen en el recuerdo por la intensidad de su impacto sobre la propia vida, en tanto que otros, los más, pasan sin dejar huella.  A cada persona le ocurren muchas cosas y de la más variada índole.  A todos nos pasa algo en algún momento determinado de la vida.  Lo que nos ocurre no es sólo lo que queda en la memoria consciente sino absolutamente todo lo que hemos vivido, pero que no siempre tenemos el recuerdo lúcido de ello.

 

Las apreciaciones afectivas son la valoración emocional que le damos a cada uno de los acontecimientos que hemos vivenciado.  Sin lugar a dudas que los sentimientos extremos de pena y alegría son los que dejan una huella emocional más intensa.  De hecho pueden predisponernos favorable o negativamente a nuevos acontecimientos.  Por la intensidad de su impacto emocional su recuerdo está siempre presente e incluso pueden llegar a ser referentes reiterativos en la persona.  Podríamos afirmar que pueden llegar a constituirse en verdaderas anclas que atan a la persona frente a nuevas situaciones.  De alguna manera, son como un filtro a través del cual la persona percibe lo que ahora le está ocurriendo.

 

Los conceptos-ideas constituyen la base más intelectual con que la persona se relaciona consigo misma.  En un sentido general podríamos afirmar que cada uno de nosotros elabora una idea de sí mismo respecto de su “autoeficacia” como persona, su sentido de “competencia” o de un ser “autovalente”.  En definitiva, da cuenta de la valoración que cada uno hace respecto de sí mismo.  Esa construcción se realiza tanto desde la propia persona como de los mensajes y retroalimentaciones que recibe de los demás.  Una persona puede percibirse de una determinada manera y los otros confirmarle o cuestionarle esa percepción.  Una persona puede sentirse inútil o torpe para algo y los demás pueden ayudarlo a sentirse competente y hábil al ubicarlo en situaciones donde demuestre sus habilidades y talentos.  Por el contrario, una persona puede tener una imagen de sí muy favorable en un aspecto y sin embargo los demás no reconocérselo como tal o incluso hacérselo presente como una carencia.  

 

2. Identificación de etapas relevantes en el ciclo vital:

 

Mirar y entender la vida como un proceso integrado por diversas etapas que se suceden es una idea bastante arraigada en diversos pensadores y tradiciones culturales de Oriente y Occidente.  En la tradición judeo-cristiana tiene un sentido muy profundo la imagen de peregrinaje y de camino.

 

En el campo del saber psicológico, Erik Erikson elaboró una teoría acerca de las edades de la vida que se despliegan a través de una determinada secuencia.  Cada una de las etapas del desarrollo humano está guiada por un orden natural que actúa como una programación biológica que interactúa con el medio ambiente. De la misma manera, reconoce la existencia de una serie de crisis vitales propias para cada una de esas etapas.  Son los desafíos o las tareas específicas que cada persona debería estar en condiciones de alcanzar satisfactoriamente en cada una de ellas.  El no logro de dichas metas compromete la espiral de desarrollo, deja inconclusas las bases de las etapas sucesivas y puede bloquear la apertura a las nuevas tareas que se presentan.

 

            De manera esquemática, agrupamos las edades de la vida de E. Erikson en seis momentos claves para comprender el propio ciclo vital.  Cada peldaño representa una determinada etapa dentro del ciclo vital.  Cada uno de ellos aparece identificado dentro de ciertas edades que aparecen como las más representativas.  Esbozamos los elementos más relevantes a partir de algunas frases o ideas claves a fin de dar una visión globalizadora e integradora de cada momento vital. 

 

 

 

 

 

 

ANCIANIDAD: (60 años…) Integridad – evaluación

·        Aceptación de la declinación vital.

·        Revisión de la propia vida.

·        Conservación del sentido de utilidad y reempleo del tiempo.

ADULTEZ: Generatividad – consolidación (30 – 60 años)

·        Inserción en el mundo laboral y social.

·        Sentido de competencia profesional.

·        Estabilización de la relación de pareja y formación de la propia familia.

JUVENTUD: Intimidad – ubicación en el mundo (20 – 30 años)

·             Es el período de mayor capacidad física.

·             Estudios y capacitación laboral.

·             Adquisición de conocimientos y experiencias.

·             Vida de pareja inicial y compromiso afectivo estable.

ADOLESCENCIA: Identidad – conciencia de sí mismo (12 – 19 años)

·            Relación con el propio cuerpo, cambio en el esquema corporal y aspecto físico.

·            Construcción de la propia identidad.

·            Desatelización familiar, satelización grupal.

·            Elecciones y decisiones iniciales.

·            Tensión entre la necesidad de independencia y la situación de moratoria.

NIÑEZ: Finalidad – industriosidad (4 – 12 años)

·           Apertura al mundo extra-hogareño

·           Tomar iniciativas y conseguir sus propios fines

·           Capacidad para jugar y aprender

·           Competir y compararse

·           Sentimiento de sentirse capaz de alcanzar metas, de que le vaya bien

·           Habilidades sociales

INFANCIA : Confianza básica –autonomía (nacimiento – 4 años)

·          A partir del nacimiento se verifica un proceso más complejo que la gestación. 

·          La llegada al mundo de un niño impacta a los progenitores e implica reacomodo de la estructura familiar.

·          El niño vive un proceso de intenso crecimiento físico y neurológico.

·          La exploración sensorial y motriz del entorno. 

·          El desarrollo y uso del lenguaje pone al niño en comunicación con el mundo y los otros.


 

3.      Análisis e interpretación de los hitos de la historia personal:

 

            Espontánea o intencionadamente, ocasional o sistemáticamente, voluntaria o involuntariamente,  conciente o inconscientemente vamos haciendo un análisis e interpretamos lo que sucede con nuestra vida.  A veces, son situaciones emergentes las que nos hacen tomar conciencia de lo que hemos vivido y de lo que nos ha sucedido a partir de ellas.  En otras oportunidades, al enfrentar una nueva experiencia rememoramos lo que nos ha ocurrido y hacemos el balance del impacto que ha dejado en nosotros esa situación.

 

            Los componentes constitutivos de la propia existencia lo representan las personas, las circunstancias y las cosas.  Ellos están presentes en la forma como analizamos e interpretamos lo que nos ocurre en nuestra vida.

 

            Las personas son todas aquellas figuras que tienen significado para nosotros, pueden representar un valor favorable o uno desfavorable.  Son todos aquellos que han tenido algún efecto en nuestra persona, nos han dejado alguna impronta o recuerdo.  En la historia de cada uno, esas personas siempre representan algo, tienen un lugar y despiertan determinados sentimientos y valoraciones. 

 

            Las circunstancias representan el conjunto de situaciones o experiencias que hemos vivido.  De alguna manera, están presentes en nosotros todos los acontecimientos y eventos que forman el itinerario de la vida.  Podríamos identificarla con el contexto en el cual se ha desenvuelto la vida y que ayuda a ubicar y entender lo que nos ha sucedido.  Esta variable ubica la historia personal en un tiempo y en un lugar determinado.

 

            Las cosas o los objetos que tienen valor y significado para cada uno.  Son los “bienes o tesoros” queridos.  Lo que cada uno de ellos representa y que tienen una carga emocional bastante intensa.  Respecto de ellos se despierta un sentimiento de propiedad y también de identificación, se les sienten como propios y de alguna manera poseen algo de nosotros.  Hacia ellos se pueden establecer relaciones positivas y constructivas que hacen sentir a la persona con el abrigo y amparo que necesita para la vida.

 

La dimensión de temporalidad juega un rol decisivo en la historia. La historia personal está integrada por tres momentos vitales.  El pasado, el presente y el futuro. 

 

El pasado dice relación con el conjunto de sucesos, experiencias, personas, aprendizajes, valoraciones y lugares que han dejado una impronta en la persona.  Pueden ser de signo positivo-integrador o bien de carácter negativo-distorsionador.  El recuerdo que hacemos de los aciertos y de los logros nos confirma en nuestra autoafirmación y nos deja un sentimiento positivo, de confianza, de seguridad y de estabilidad.  Los errores y los obstáculos que no fueron salvables dejan una marca que nos puede inhibir o frenar ante nuevas situaciones, nos puede debilitar en la percepción de nosotros mismos.

 

El pasado es nuestra herencia inevitable.  Puede ser un dato integrado positivamente a la propia historia o puede querer ser evitado, ocultado, disimulado o rechazado.  De alguna o de otra manera, nuestra mente puede asumirlo como un dato o bien puede resistirse a asimilarlo o a tratar de negarlo. Lo cierto es que el pasado está ahí, lo queramos o no, lo reconozcamos o tratemos de desconocerlo.  Negar o huir del pasado quita base al presente.

 

 

El presente es el aquí y el ahora en nosotros.  El presente nos sorprende con lo que somos, con lo que conocemos y lo que hemos vivido.  De alguna manera, el presente está constituido por el sentido de realidad respecto de nosotros, los demás y el mundo que nos rodea.  Es también la forma como nos ubicamos y como vemos. 

 

Si bien es cierto que somos la misma persona desde nuestro nacimiento hasta el día de hoy, no es menos cierto que no somos “de la misma manera”.  La experiencia y la madurez alcanzada con los años nos hacen sentirnos y ubicarnos de manera nueva ante las personas, las situaciones y las cosas. Podríamos replicar las palabras del filósofo griego que “nadie se baña dos veces en el mismo río”.  Ni el río es el mismo, ni la persona es la misma en dos momentos diferentes.  En la vida están presentes las dinámicas de permanencia y cambio de manera inevitable.

 

El futuro es la dimensión de la esperanza, de las posibilidades, de las metas, de los sueños y de los propósitos.  En un sentido geográfico podríamos identificar al futuro con el horizonte, al punto o la línea que se ubica al límite de nuestra percepción actual. 

 

Desde la perspectiva humanista, el futuro no es huida o evasión del presente.  El futuro tiene sentido y cobra valor en la medida en que se le visualiza como una posibilidad cierta no dependiente del azar o de la casualidad.  Una cosa es soñar y otra diferente es empeñar la voluntad y el esfuerzo humano por alcanzar algo. Una alternativa es esperar que el futuro produzca determinados logros y otra es empezar a construir ahora lo que se quiere ver realizado en el futuro.

 

Esta visión del futuro dista mucho del fatalismo o de la evasión.  Una postura fatalista es la que se inhibe en sí misma al mirar el porvenir como algo absolutamente ajeno o inútil frente al trabajo y esfuerzo humano. Una alternativa de evasión es la que lleva al ensoñamiento en el presente y espera que se produzca en el futuro por arte de magia, sin intervención humana.

 

Claro que el hombre no es dueño del tiempo y menos aún del futuro.  Pero esta realidad existencial evidente no significa renunciar a la cuota de responsabilidad que cada uno tiene respecto de su propio porvenir.  Es cierto que no podemos hacernos el porvenir.  Es evidente que no podemos asegurarnos frente a lo impredecible.  También es imposible preverlo todo.  Incluso no sabemos de cuánto tiempo disponemos en la propia existencia.   Lo que sí depende de nosotros es lo que somos capaces de hacer con el pasado, lo que hacemos en el presente de nuestra existencia y lo que adelantamos ya aquí y ahora de nuestro futuro.

 

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