Raúl Cheix M.
Director CEIS Orientación y
Capacitación
Seminario de Educación Sexual
La etapa evolutiva comprendida entre los
doce y los veinte años, constituye un período en el que, por excelencia, los
individuos se insertan, o pueden llegar a hacerlo, de manera plena en el
mundo de las personas adultas. Es la etapa de consolidación de la identidad
juvenil de género, apoyada en los grandes cambios que han comenzado en el
estadio anterior.
Aproximadamente entre los 11
y los 14 años, con diferencias entre diferentes culturas y nacionalidades,
se producen grandes cambios en el individuo a nivel biofisiológico,
psicológico, afectivo e intelectual. En su conjunto conforman, como
resultado de la interacción con el medio, la identidad juvenil de género.
La identidad de género
supone la integración de variables comportamentales, apoyadas en el
desarrollo sexual y los procesos biofisiológicos y psicológicos: maduración
fisiológica para la reproducción, ciclo de respuesta sexual y preferencia
sexual: heterosexualidad y reestructuración de la identidad sexual: esquema
corporal, imagen y autoconcepto.
Una de las manifestaciones
más típicas, pero no por ello menos importante, la constituye la aparición
de la menarquía y las primeras eyaculaciones, identificadas erróneamente con
la maduración sexual. Fenómenos que incitan, inicialmente, a una búsqueda
más intensa de información sexual.
Entre las personas
adolescentes con discapacidades psíquicas el ritmo de aparición y
consolidación de estos cambios es más lento. Sabemos, por ejemplo, que las
niñas tienen más información que los niños y menos experiencia sexual que
éstos, mientras que entre las personas con discapacidad ocurre lo contrario
en lo que se refiere a las experiencias sexuales, probablemente porque las
niñas son objeto de un gran número de abusos sexuales, incluso en el seno de
la propia familia (Barragán y Velázquez, 1986).
Si bien es cierto, que las
manifestaciones a las que aludimos son características de¡ período
comprendido entre los 12 y los 16 años, pueden -en algunos casos- aparecer
de forma tardía, pero siguen constituyendo temas de interés también en estas
edades.
Las relaciones expuestas
entre información sexual y comportamiento deben hacernos olvidar
definitivamente el miedo a despertar "prematuramente el comportamiento o el
deseo sexual" cuando hacemos intervención en educación sexual ya que carece
de fundamento.
No es nuestra intención
hacer una referencia exhaustiva al comportamiento sexual en esta etapa, pero
sí nos parece importante señalar que existe una amplia gama de
comportamientos tales como la autoestimulación, relaciones heterosexuales,
hornosexuales, juego erótico, frente a la creencia generalizada, en algunos
sectores de adultos, de la inexistencia de manifestaciones sexuales
diferentes de la autoestimulación.
La evolución de las
conductas autoestimulatorias es importante, principalmente entre los chicos,
y según los datos de los que disponemos aumenta la frecuencia con respecto
al período 12-16. Así, "con estudiantado de los primeros curso de
secundaria, se constató que el 87.74% de las chicas y el 38.42% de los
chicos no se habían masturbado nunca. Cifras que se redujeron en la
investigación realizada con estudiantes de segundo ciclo de secundaria a un
70.51% y un 12.16% en el caso de las muchachas y los varones
respectivamente" (González, 1989, 65).
Igualmente el comportamiento
heterosexual implica una diversidad de conductas desde las primeras citas,
la experiencia de beso en los labios y beso profundo, estimulación activa y
pasiva de los genitales por encima y por debajo de la ropa, así como
contacto intergenital sin penetración. Conductas, que en su conjunto se
irán ampliando y afianzando a partir de los 16 años. En este sentido, el
estudiantado de segundo ciclo de secundaria declara haber practicado el
primer coito, mayoritariamente entre los 15 y los 16 años, en el caso de las
chicas; y entre los 14 y 15 años en el caso de los varones. Estas y otras
prácticas sexuales son ocultadas sistemáticamente a la madre y el padre.
Un dato que tiene relevancia
sobre los temas de aprendizaje que proponen, es la utilización de métodos
anticonceptivos. Aunque el 69.5% de las mujeres y el 73.4% de las chicos,
declara no utilizarlos, y para ello aluden, fundamentalmente, a que no les
convence su empleo; los métodos más utilizados son los preservativos (38.8%
en mujeres, y 86.6% en hombres), días no fértiles y píldora entre las
mujeres y coito interrumpido, días no fértiles entre los varones (Barragán y
Rodríguez, 1989). Entre la población adolescente de Andalucía "El
preservativo es el método que se declara como más utilizado -según citan
Bimbela y Cruz, 1997,117- aunque casi la mitad de las mujeres entrevistadas
no utilizan métodos anticonceptivos..