La Educación Blanda
Consiste en
dar todo y exigir poco o nada. Facilitar demasiado las
cosas. No acostumbrar a superar dificultades. Hacer creer al
niño que la vida es un supermercado en el que basta ver,
apetecer y llevarse las cosas para después tirarlas
fácilmente. ¿Nos cuesta quizá verles sufrir, que tengan
necesidades y deseos insatisfechos? ¿Nos horroriza verles
desilusionados? “Le apetece, le hace ilusión...” No cabe
duda que existe en todo esto un contagio social. Lo vemos en
el ambiente, lo imitamos, nos molesta que nuestros hijos se
queden atrás en algún deseo insatisfecho, “pueden
acomplejarse...” Sin embargo, todos los autores señalan que
la blandura es mala, no fortalece la personalidad y
desorienta, crea inseguridad. Peter Blos, psicoanalista de
Nueva York (TIME, 1983) había dicho “Los padres, no deben
dejarse intimidar por el apelativo de autoritario o
dictador; hay que hacer frente a los pretendidos ‘derechos’
de los hijos; saber poner límites y afirmar las propias
ideas y valores; el antagonismo y la confrontación entre
padres y adolescentes es incluso necesaria”. Sin conflicto
no hay crecimiento. Lo que no choca contra algo no se
endurece. Los árboles del valle son blandos, sus maderas se
doblan fácilmente pero no sirven para sostener grandes pesos
y/o resistir empujes. Los árboles de los montes son maderas
resistentes, porque han luchado contra viento y marea,
contra los elementos de la naturaleza y tienen sus raíces
hundidas entre las rocas. Verdaderamente es una pena actuar
blandamente, no exigir las cosas cuando son niños aún y se
pueden crear hábitos fácilmente, porque no ha surgido aún la
rebeldía profunda. Es una lástima no decir “no” a tiempo,
consentir contestaciones (da vergüenza ajena presenciar las
contestaciones en público a los padres); atiborrarles de
todo, darles todos los caprichos. De 5 a 10 años es el
tiempo de la creación de hábitos, de dar razones claras,
sencillas, verdaderas (no superficialidades o mentiras
improvisadas). Si se deja crecer la raíz del consentimiento,
luego es un drama arrancarlo.
La sociedad democrática actual es ambigua. Por una parte es
blanda y consumista, y parece que facilita todo; pero por
otra es durísima porque obliga a una gran competitividad y
por lo tanto a una capacidad de superar dificultades,
llevando a cabo un gran autodominio y creatividad. En todo
caso a los niños y jóvenes de hoy, como a los de todos los
tiempos, se les pide prepararse para superar dificultades,
luchar por defender sus ideas, ser perseverantes en sus
aficiones, trabajo y relaciones sociales. El camino de la
educación blanda y consentida es probablemente un camino de
fracaso y frustración. Educar es exigir. Pedir esfuerzos
gradualmente, según la edad y fuerzas de cada niño, pero
estimularles a dar lo más de sí mismos. No sólo para
competir con otros sino, desde un punto de vista
humanista-cristiano, para desarrollar los talentos que hemos
recibido de Dios, de la vida, y ser más útiles a la
sociedad. La comprensión y los derechos del niño Esta
exigencia es perfectamente compatible con la comprensión.
Comprender no significa transigir, “lo cortés no quita lo
valiente”. Poner límites no quita la comprensión ni el amor,
ni significa ser hosco o distante. Se pueden cuidar las
formas, el respeto y el cariño cuando hay que decir “no”.
Pero es necesario tener ideas claras como educador. Quien
está seguro de lo que quiere en educación, puede decir “no”
con amabilidad y serenidad. La exigencia amable implica
respeto, lo que supone no insultar, ni humillar a la persona
especialmente en público (los “no” es mejor decirlos en
privado). Implica también el esfuerzo de la empatía, pues
para que el “no” sea educativo y constructivo es preciso
escuchar al hijo/(a, captar su percepción, su necesidad, su
marco de referencia personal. ¿Es un drama negarles cosas de
vez en cuando? ¿Violamos quizás los “derechos” del niño?
¿Cuál es el verdadero derecho del niño, su mayor “necesidad”
aunque él no sepa expresarla? Para crecer en madurez los
niños necesitan sobre todo afecto y firmeza, y estos son sus
“derechos” primordiales. El verdadero drama de un niño es
que sus padres no tengan ilusión por él. No es un drama que
no le compren esto o no le lleven a tal sitio. También puede
ser un drama que le consientan demasiado y le mimen, que no
tengan suficiente firmeza con el. No hablemos naturalmente
del otro extremo, que sería el “no” por sistema, la
sequedad, la distancia; o la carencia de cierto ambiente
agradable y alegre en el hogar; o el “no” duro y
autoritario, que no escucha ni da razones, que nunca es
flexible.