El Cuento de la Cebolla
En un país
oriental, donde ocurren tantas cosas bellas y se sueña
despierto, había un huerto que hacía las delicias de vecinos y
extraños.
Las cebollas son hortalizas muy apreciadas por el hombre a
causa. de las múltiples aplicaciones que tienen para hacer más
agradable la vida. Ellas, sencillas y humildes, guardan el
secreto en su corazón.
Las cebollas, acompañadas de otras hortalizas frondosas y
frescas, crecían en el huerto donde los árboles frutales, con
sus frutos limpios y coloreados abrían el apetito al más
austero penitente. Las plantas que crecían espontáneamente
tapizaban el huerto, al tiempo que conservaban su frescor. Los
pájaros con sus trinos ponían la nota clave para completar la
armonía del huerto.
Inesperadamente empezaron a nacer cebollas especiales, cada
una de un color, de un brillo y de unas irradiaciones propias.
Ante tan extraño cambio de las cebollas, los investigadores se
interesaron por descubrir el secreto; y sus constantes
trabajos dieron con él. Cada cebolla tenía en su corazón una
piedra preciosa, causa de sus vistosos y radiantes colores.
No se aceptó esta coquetería de las cebollas. Se especuló con
la inadecuación, la presunción, la vergüenza de salirse del
común de las cebollas y hasta con diversos peligros.
Las espléndidas cebollas tuvieron que renunciar a su vistosa
ornamentación.
Pasó por allí un sabio, que entendía muy bien el lenguaje de
las cebollas y dialogó con ellas. A todas les hacía la misma
pregunta.
- ¿Por qué ocultas bajo tantas capas lo más bello de tu ser?
- Me han obligado a este rigor. Empecé a echar una capa, no
parecía suficiente, eché la segunda, todavía no estaba segura,
eché la tercera, me pareció eficaz el procedimiento y así fui
superponiendo capas.
Algunas cebollas, las más tímidas, llegaron a cubrir su
corazón hasta con diez capas. Casi habían perdido la memoria
de su aspecto primitivo.
El sabio se echó a llorar. La gente pensó que llorar ante una
cebolla a quien descubrimos el corazón es de una sensibilidad
laudable.
Así continuaremos los hombres, dejando caer las perlas de
nuestros ojos ante las cebollas, cuando separemos sus
protectoras capas.

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