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Estudiar = Trabajar

"Cuando seas grande vas a trabajar, pero, antes ¡a estudiar!".

La diferenciación entre estudio y trabajo la escuchamos desde muy pequeños. Lamentablemente es una dicotomía que hace bastante daño. Nos lleva a pensar que el estudio es absolutamente distinto del trabajo.

"Cuando trabajo no estudio, cuando estudio no trabajo".

La diferencia existe. Era válida para la sociedad industrial, pero ahora vivimos en la sociedad de la información. La realidad empresarial de hoy exige gran velocidad en el cambio tecnológico; pide intenso manejo de la información; las decisiones, lejos de hacerse mecánicas y en cadena, tienden a disgregarse en pequeñas unidades autónomas. A la gente, por tanto, se le pide más creatividad e independencia.

Más estudio y más trabajo, unidos. Para poder conseguirlo, las empresas deben enseñar a pensar, a estudiar. En definitiva, a crear.

Esto significa que el lugar de trabajo deja de ser un espacio donde sólo se hacen cosas y comienza a ser un lugar donde se aprenden cosas. Donde las ideas se entrecruzan. El crecimiento del personal será el crecimiento de las empresas.

La competencia así lo impone. Las personas deben desarrollar sus talentos para copar las variadas peticiones que les caen encima. Nuestra educación está lejos de esta realidad.

En Chile, prácticamente no existe la educación experiencial que se impuso hace tanto en EE.UU. Un sistema que permite y exige que los alumnos estudien y trabajen. No se trata sólo de prácticas veraniegas sino de estudios constantes. Tiene ventajas para los que ingresan al mundo laboral y para las empresa que los contratan.

Este modelo, desde luego, permite una orientación vocacional más realista: "Yo quiero ser Ingeniero en Minas. Me encantan las ciudades grandes. Tener una linda oficina".

¿Sabe este futuro ingeniero en minas que vivirá en campamentos por mucho tiempo?

La deserción universitaria indica que la mayoría supone, o medianamente conoce, lo que estudiará pero no sospecha cómo es el ejercicio de la profesión.

Otra ventaja de la educación experiencial es que enfrenta al alumno con instalaciones que ninguna universidad sería capaz de financiar. Un torno cuesta millones de pesos, ¿qué escuela puede comprarlo? Si sus profesores tuvieran un convenio con una industria, los estudiantes lo manejarían y la maquinaria estaría produciendo y educando.

A los industriales les interesa. Así sus postulantes se incorporarían con la técnica real aprendida. Su productividad sería alta desde el primer día porque llegarían preparados a su medida.

Por supuesto que no hay soluciones individuales para enfrentar la necesaria unión entre trabajo y educación pero si tomamos conciencia del fenómeno la nueva sociedad de la información será mejor que la ya vivida sociedad industrial.

Eduardo Saleh

  


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