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Las etapas del ciclo vital familiar
Raúl Cheix M.
Director CEIS Orientación
Seminario de Educación Familiar
El doctor Ramón Florenzano ha estudiado por
largos años el tema de la familia y ha escrito el libro EN EL CAMINO DE LA
VIDA. Uno de los capítulos lo dedica a exponer las etapas por las que va
pasando la familia, desde que se constituye y hasta el momento de la muerte de
los padres. El planteamiento que hace este destacado psiquiatra nos ha parecido
que ayuda a comprender lo que ocurre a diario en una familia y el por qué de
las situaciones que se nos presentan. Muchas veces tenemos la impresión de que
nos ocurren cosas únicas y originales. En la lectura de las siguientes
páginas, que contienen una adaptación del libro citado, constataremos que no
somos los únicos a quienes nos suceden este tipo de cosas. Una adecuada
comprensión del momento que vive nuestra familia nos ayudará de manera
significativa para hacer de la convivencia al interior de ella una experiencia
gratificante y de crecimiento para cada uno de sus componentes.
"Desde múltiples puntos de vista el
estudio de la familia es un tema de actualidad. Los individuos no funcionan
aisladamente, sino integrados en grupos familiares y, a través de éstos, en
estructuras grupales y sociales. Uno de los conceptos útiles para trabajar con
familias es el de CICLO VITAL FAMILIAR: tal como el individuo, la familia
atraviesa una secuencia de etapas interconectadas. Este ciclo vital se inicia
con la formación de la pareja y termina al desaparecer ambos miembros de
ésta".
Etapas del Ciclo Vital
Familiar
(Dimensión Formativa de Sociabilidad Familiar)

· FORMACION DE LA PAREJA Y COMIENZO DE LA
FAMILIA (1a. y 2a. etapas)
Si bien la familia, formalmente, se constituye
en el momento del matrimonio, los pasos psicológicos que implican prepararse
para la unión y convivencia estables se inician con bastante anterioridad.
Expresiones de nuestros jóvenes son muy ilustrativas para graficar las etapas
de evolutivas del vínculo entre un hombre y una mujer: tirar, el andar juntos,
pololear y noviazgo son etapas importantes en esta preparación.
Se ha distinguido tareas intra e
interpersonales en dicha preparación. Al decir intrapersonal este autor se
refiere a la preparación para asumir el rol de marido o mujer, separándose de
otros compromisos internos o externos que pudieran interferir con la intimidad y
cercanía necesarias para la vida de pareja.
Es necesaria, asimismo, la adopción de estilos
de vida, rutinas y patrones de interés y gratificación propios a ambos
miembros de la pareja. Dicha adopción implica procesos de adaptación y
acomodación mutuos, en los que cada miembro se somete a una transformación
interna.
Entre las tareas interpersonales señala la
formación de una identidad en pareja, que trasciende a la de ambos individuos:
un "nosotros" que va más allá del "tú" y del
"yo". Se trata de definir los modos de satisfacción mutua en los
planos intelectual, sentimental y físico. Hay que llegar a acuerdo respecto de
las relaciones que deben mantenerse con las familias de origen, dentro del
trabajo, con los amigos, etc.
El proceso de toma de decisiones y de
comunicación es otra área examinada sistemáticamente tanto en la preparación
para el matrimonio, como durante la luna de miel y el período inicial de vida
de recién casados.
El matrimonio es, en sí, un rito psicosocial
de importancia, ya que subraya el cambio interno y externo de estado de los
novios, consagrando la unión de ambos en una unidad que trasciende a ambos
miembros de la pareja.
En la luna de miel se crea, para ello, una
atmósfera de aislamiento donde se explora la convivencia íntima en los planos
personal y sexual, sin que existan elementos externos que interfieran con dicho
acercamiento.
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Si se altera la secuencia descrita arriba de andar
juntos, pololear, estar de novios, casarse, aumenta la posibilidad de la
aparición de problemas posteriores. Si los pasos descritos se dan
aceleradamente, como sucede en el matrimonio entre adolescentes, crecen,
estadísticamente, los fracasos conyugales. Cuando el matrimonio se realiza
porque la mujer ha quedado embarazada, falta la oportunidad de que la pareja
funcione como tal, ya que desde el momento inicial existe una tercera persona.
La edad más frecuente para el matrimonio,
estadísticamente, es la tercera década de la vida, es decir entre los 20 y 30
años. Se ha señalado que el matrimonio por amor es la excepción más que la
regla en nuestras sociedades, y que éste se produce, a menudo, por conformidad
con expectativas sociales. Esto estaría reflejado en expresiones que resultan
familiares como "hay que casarse a tal edad", "mi madre se casó
a los veintiuno", por regularizar la actividad sexual o por la conveniencia
que representa el seguir viviendo como adultos en la familia de origen.
En todo caso, la tarea central de la etapa que
comienza con el matrimonio es el establecimiento de un compromiso estable, que
se profundizará en la medida que pase el tiempo y la pareja se conozca cada vez
mejor.
En dicho período inicial se planifican los
proyectos de trabajo y se decantan, entre otros, los intereses intelectuales,
deportivos y sociales de la pareja. Muy especialmente, se aclaran los planes en
relación a la formación de la propia familia, en términos del número de
hijos y la oportunidad de que éstos nazcan.
Para concretar estos planes es necesario
delimitar las funciones de la pareja, lo que implica compartir y diferenciar
roles. Tradicionalmente, el hombre ha ganado el sustento para la familia y la
madre ha criado a los hijos. Sin embargo, el proceso de modernización acelerado
por el cual pasamos ha modificado estos roles creando situaciones nuevas.
Dicho período inicial en la vida de pareja
tiene gran importancia futura. Si el proceso de asignación de roles recién
enunciado se realiza satisfactoriamente, se llega a un estilo de vida con
convenios diferenciales bien definidos respecto al reparto de tareas y
responsabilidades. Por ejemplo, distribución del tiempo diario, de expectativas
de trabajo, de uso del tiempo libre, frecuencia y modo de contacto sexual,
empleo del dinero, relaciones sociales, actividades comunitarias, etc.. Cuando
no se da este acuerdo positivamente, se llega al matrimonio con enfoques
divergentes que, a la larga, se podrán traducir en disrupción familiar de
mayor o menor gravedad.
· ETAPA DE CRIANZA INICIAL DE LOS HIJOS (3a.
etapa)
Al aparecer el primer hijo en el escenario
familiar se produce una modificación estructural que crea las tensiones propias
de las relaciones triangulares y que, al mismo tiempo, estabiliza las
dificultades características de las díadas. Se ha señalado cómo,
paradojalmente, las relaciones triádicas, por ejemplo madre-padre-hijo, son
más estables que las diádicas. Esto se comprueba si observamos los problemas
que caracterizan a algunos matrimonios sin hijos.
A la mujer el nacimiento de su primer hijo le
plantea la necesidad de desarrollar una relación de "mutualidad" con
éste. Ello implica el empatizar con sus necesidades físicas y emocionales. El
impulso biológico para procrear y cuidar a los hijos es, por lo general, muy
poderoso en la madre, y asegura normalmente la aparición de un vínculo
madre-hijo, fundamental para que el niño enfrente su mundo con una vivencia de
confianza básica en éste.
La gestación de este vínculo puede iniciarse en el embarazo, pero se afianza
en los primeros meses de vida, siendo la lactancia materna particularmente
positiva en su fortalecimiento.
El nacimiento de los primeros hijos plantea, al
mismo tiempo, tareas y conflictos potenciales a la pareja. Ella debe acomodarse
y crear espacio para un nuevo miembro. El padre debe compartir el amor y
atención de la madre con el hijo, renegociando la adaptación sentimental y
sexual recién creada. Las restricciones eróticas y la falta de privacidad en
la actividad sexual, la presencia de los hijos, crean tensiones nuevas en la
pareja.
Al crecer el número de hijos la situación
anterior se repite. No es sólo ya el padre sino también los hermanos mayores
los que deben pasar por nuevos períodos de adaptación. La hostilidad hacia el
recién nacido se puede expresar en forma directa o indirecta, viéndose la
madre presionada por múltiples demandas de adaptación y afecto provenientes de
diferentes miembros de la familia que se sienten desplazados. Aparece así la
competencia entre hermanos, que tiene un rol a veces positivo, de emulación
constructiva, y otras negativo, siendo fuente de conflictos neuróticos para el
futuro.
El padre representa, en este período, un
factor de estabilidad y apoyo externo para la familia, tanto desde el punto de
vista material como psicológico. Su presencia permite el desarrollo de este
proceso de aparición de vínculos mutuos de la madre con sus hijos, así como
la aparición de la confianza básica ya descrita. Si el padre falta, o aparece
y desaparece frecuentemente, aumentan las posibilidades de distorsión en el
desarrollo psicológico posterior de los hijos.
· FAMILIA CON HIJOS PREESCOLARES (4a. etapa)
Al desarrollar el niño un mayor dominio de su
cuerpo y comenzar a explorar el medio circundante, aparecen las capacidades de
iniciativa y de autonomía. Los padres deben reconocer y tolerar esta mayor
autonomía, velando al mismo tiempo por protegerlo de los peligros que ésta
puede implicar. El exceso de sobreprotección en dicha etapa puede inhibir y
coartar potencialidades del niño generando sentimientos de vergüenza y
humillación. Los padres y el niño en esta etapa centran la relación alrededor
de temas de control, recompensa y coerción, y el reconocimiento de normas
impuestas que el hijo, en este período, aún no ha incorporado.
Asimismo se terminan de definir y tipificar los
roles sexuales. Por una parte se avanza en la maduración neurobiológica, y por
otra se completan las identificaciones con el propio sexo y se definen las
relaciones con el sexo opuesto. Freud describió bajo el nombre genérico de
'Complejo de Edipo' este conjunto de cambios.
Los padres constituyen, por una parte, modelos
para la orientación con respecto a conductas sexuales, y por otra son objeto de
atracción para los hijos del sexo opuesto y de competencia para los del mismo
sexo. Los desarrollos y desenlaces de estas interacciones son decisivos para el
funcionamiento sexual posterior.
Otra característica propia de los padres en esta etapa es un grado de tensión
en relación a los roles laborales. Típicamente, el hombre se halla en plena
actividad "labrando un futuro" para sí y su familia, corriendo el
riesgo de transformarse en un "trabajo-hólico" y descuidar otros
roles así como su desarrollo personal.
La mujer se centra en el ejercicio de su
maternidad y arriesga el descuidar sus aspiraciones y expectativas intelectuales
y laborales. Al mismo tiempo, se despreocupa de su aspecto físico. Ambos hechos
pueden tener consecuencias negativas, posteriormente, en la así llamada
"crisis de la edad media".
· FAMILIA CON HIJOS ESCOLARES (5a. etapa)
La ida a la escuela implica la salida parcial
del niño de la órbita de su familia, para desarrollar sus capacidades
intelectuales, sociales y de laboriosidad. La escuela constituye una prueba de
la labor de la familia, ya que sus exigencias evalúan la "eficiencia"
con la que se ha desarrollado el proceso de crianza y de socialización.
El niño comienza a reconocer lo que es
permitido y prohibido socialmente y desarrolla en mayor o menor medida, su
capacidad de aplicarse al trabajo y de relacionarse con sus iguales mediante el
juego. Si estas capacidades no se logran, surgen sentimientos de inseguridad e
insuficiencia que en la terminología de Adler ha denominado un complejo de
inferioridad.
Los padres deben saber tolerar la separación
parcial que: implica la ida del niño a clases, así como el hecho de que
profesores, compañeros y amigos pasen a tener importancia para su hijo.
Cuando lo anterior no acontece, surgen
problemas conductuales tales como fobias escolares: temor a ir al colegio. La
base de la actuación de los padres se encuentra muchas veces en la convicción
materna de que su hijo no puede desenvolverse sin ella. Otros síntomas
frecuentes en dicha etapa son inhibiciones conductuales como la timidez marcada
o problemas de rendimiento escolar. Algunos de estos últimos problemas se ligan
a dificultades de aprendizaje tales como dislexias, disgrafías, discalculias u
otros problemas del desarrollo cognitivo infantil.
Al tener amigos y compañeros a quienes visita,
el niño pasa a conocer familias con otros estilos de funcionamiento. Esto le
permite por primera vez tomar distancia de las características de la propia
familia, y relacionarse con ellos de forma más objetiva.
A su vez, los padres pasan a tener más tiempo
libre para retomar actividades propias que dejaron de lado durante la crianza
inicial de los hijos. Comienza entonces a hacerse real el aforismo de Jung de
que hasta los 40 el individuo recibe y devuelve a la sociedad, y que
posteriormente comienza a poder centrarse en su desarrollo personal.
La década de los 40 años puede, entonces, ser un período generativo y
productivo, tanto para los niños en edad escolar como para sus padres, aún en
pleno goce de sus capacidades físicas e intelectuales. La misma relación de
pareja se afianza gradualmente, a no ser que exista una carencia de áreas de
interés mutuo fuera de los hijos, que proporcionen una gratificación
sostenida. Cuando acontece lo último, puede darse un alejamiento definitivo.
· FAMILIA CON HIJOS ADOLESCENTES (6a. etapa)
Aumentan en este período los conflictos
potenciales dentro de la familia, lo que explica la atención sostenida que ha
generado la adolescencia en el último tiempo. El así llamado "choque
generacional" se relaciona con el hecho de que tanto los adultos como sus
hijos adolescentes van llegando al fin de una etapa y, a la vez, iniciando una
crisis: los primeros en la de la edad madura, y los segundos en la de su
separación de la estructura familiar.
Los padres con hijos adolescentes deben aceptar
el desarrollo físico de ellos y, en especial, las que provienen de los cambios
en el esquema corporal y genital-reproductivas. Deben, asimismo, enfrentar el
derecho de sus hijos a tomar decisiones personales frente a estas nuevas
potencialidades biológicas, así como frente a su futuro familiar y laboral.
Estas decisiones, muchas veces, no coinciden con las expectativas implícitas o
explícitas de los padres.
El aceptar la diversidad de los hijos puede ser
un proceso lento y doloroso para muchos: hay padres que reaccionan apoyando a
sus hijos, manteniendo abiertos los canales de comunicación con éstos, y
proveyendo de las posibilidades sociales, emocionales y materiales para que el
"lanzamiento" del sujeto hacia un vivir independiente sea exitoso.
Pero hay otros que tienden a cerrarse y a tomar una actitud de control abierto o
encubierto. La pareja paternal puede actuar de común acuerdo frente a estas
tensiones, o
bien adoptar posiciones diferentes, activando cada uno sus propias inquietudes y
expectativas no satisfechas.
Así por ejemplo, el padre no profesional puede
presionar a un hijo con pocos intereses o aptitudes académicas a ingresar a la
Universidad, o la madre poco atractiva impulsar a una hija físicamente
agraciada a desarrollar una excesiva actividad social o sentimental. Muchos de
los problemas emocionales de los adolescentes se ven ligados a estos diferentes
mensajes provenientes de los padres.
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