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Análisis e interpretación de los hitos de la historia personal

Raúl Cheix M.
Director CEIS Orientación y Capacitación
Seminario de desarrollo personal y competencias profesionales

Espontánea o intencionadamente, ocasional o sistemáticamente, voluntaria o involuntariamente,  conciente o inconscientemente vamos haciendo un análisis e interpretamos lo que sucede con nuestra vida.  A veces, son situaciones emergentes las que nos hacen tomar conciencia de lo que hemos vivido y de lo que nos ha sucedido a partir de ellas.  En otras oportunidades, al enfrentar una nueva experiencia rememoramos lo que nos ha ocurrido y hacemos el balance del impacto que ha dejado en nosotros esa situación.

Los componentes constitutivos de la propia existencia lo representan las personas, las circunstancias y las cosas.  Ellos están presentes en la forma como analizamos e interpretamos lo que nos ocurre en nuestra vida.

Las personas son todas aquellas figuras que tienen significado para nosotros, pueden representar un valor favorable o uno desfavorable.  Son todos aquellos que han tenido algún efecto en nuestra persona, nos han dejado alguna impronta o recuerdo.  En la historia de cada uno, esas personas siempre representan algo, tienen un lugar y despiertan determinados sentimientos y valoraciones. 

Las circunstancias representan el conjunto de situaciones o experiencias que hemos vivido.  De alguna manera, están presentes en nosotros todos los acontecimientos y eventos que forman el itinerario de la vida.  Podríamos identificarla con el contexto en el cual se ha desenvuelto la vida y que ayuda a ubicar y entender lo que nos ha sucedido.  Esta variable ubica la historia personal en un tiempo y en un lugar determinado.

Las cosas o los objetos que tienen valor y significado para cada uno.  Son los “bienes o tesoros” queridos.  Lo que cada uno de ellos representa y que tienen una carga emocional bastante intensa.  Respecto de ellos se despierta un sentimiento de propiedad y también de identificación, se les sienten como propios y de alguna manera poseen algo de nosotros.  Hacia ellos se pueden establecer relaciones positivas y constructivas que hacen sentir a la persona con el abrigo y amparo que necesita para la vida.

La dimensión de temporalidad juega un rol decisivo en la historia. La historia personal está integrada por tres momentos vitales.  El pasado, el presente y el futuro. 

El pasado dice relación con el conjunto de sucesos, experiencias, personas, aprendizajes, valoraciones y lugares que han dejado una impronta en la persona.  Pueden ser de signo positivo-integrador o bien de carácter negativo-distorsionador.  El recuerdo que hacemos de los aciertos y de los logros nos confirma en nuestra autoafirmación y nos deja un sentimiento positivo, de confianza, de seguridad y de estabilidad.  Los errores y los obstáculos que no fueron salvables dejan una marca que nos puede inhibir o frenar ante nuevas situaciones, nos puede debilitar en la percepción de nosotros mismos.

El pasado es nuestra herencia inevitable.  Puede ser un dato integrado positivamente a la propia historia o puede querer ser evitado, ocultado, disimulado o rechazado.  De alguna o de otra manera, nuestra mente puede asumirlo como un dato o bien puede resistirse a asimilarlo o a tratar de negarlo. Lo cierto es que el pasado está ahí, lo queramos o no, lo reconozcamos o tratemos de desconocerlo.  Negar o huir del pasado quita base al presente.

El presente es el aquí y el ahora en nosotros.  El presente nos sorprende con lo que somos, con lo que conocemos y lo que hemos vivido.  De alguna manera, el presente está constituido por el sentido de realidad respecto de nosotros, los demás y el mundo que nos rodea.  Es también la forma como nos ubicamos y como vemos. 

Si bien es cierto que somos la misma persona desde nuestro nacimiento hasta el día de hoy, no es menos cierto que no somos “de la misma manera”.  La experiencia y la madurez alcanzada con los años nos hacen sentirnos y ubicarnos de manera nueva ante las personas, las situaciones y las cosas. Podríamos replicar las palabras del filósofo griego que “nadie se baña dos veces en el mismo río”.  Ni el río es el mismo, ni la persona es la misma en dos momentos diferentes.  En la vida están presentes las dinámicas de permanencia y cambio de manera inevitable.

El futuro es la dimensión de la esperanza, de las posibilidades, de las metas, de los sueños y de los propósitos.  En un sentido geográfico podríamos identificar al futuro con el horizonte, al punto o la línea que se ubica al límite de nuestra percepción actual. 

Desde la perspectiva humanista, el futuro no es huida o evasión del presente.  El futuro tiene sentido y cobra valor en la medida en que se le visualiza como una posibilidad cierta no dependiente del azar o de la casualidad.  Una cosa es soñar y otra diferente es empeñar la voluntad y el esfuerzo humano por alcanzar algo. Una alternativa es esperar que el futuro produzca determinados logros y otra es empezar a construir ahora lo que se quiere ver realizado en el futuro.

Esta visión del futuro dista mucho del fatalismo o de la evasión.  Una postura fatalista es la que se inhibe en sí misma al mirar el porvenir como algo absolutamente ajeno o inútil frente al trabajo y esfuerzo humano. Una alternativa de evasión es la que lleva al ensoñamiento en el presente y espera que se produzca en el futuro por arte de magia, sin intervención humana.

Claro que el hombre no es dueño del tiempo y menos aún del futuro.  Pero esta realidad existencial evidente no significa renunciar a la cuota de responsabilidad que cada uno tiene respecto de su propio porvenir.  Es cierto que no podemos hacernos el porvenir.  Es evidente que no podemos asegurarnos frente a lo impredecible.  También es imposible preverlo todo.  Incluso no sabemos de cuánto tiempo disponemos en la propia existencia.   Lo que sí depende de nosotros es lo que somos capaces de hacer con el pasado, lo que hacemos en el presente de nuestra existencia y lo que adelantamos ya aquí y ahora de nuestro futuro.

   
 

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