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¿Cuál es perfil del hombre postmoderno?

Raúl Cheix M.
Director CEIS Orientación y Capacitación
Seminario Entrevista Tutorial II

El hermano marista Viviano Magdaleno nos ofrece en su libro “Hijos de la Postmodernidad” una reflexión muy interesante para entender los tiempos que vivimos…

Estamos viviendo en plena Postmodernidad. Este fenómeno compromete al hemisferio norte y a los pobres del sur. El deslumbre del consumo, el relativismo ético, el sentimiento de desencanto, el sabernos escasamente solidarios, etc. es un fenómeno que hermana y golpea a la humanidad y somos conscientes de ello.

¿Quién podrá dudar de que nuestro tiempo busca más el deslumbrar que el iluminar; se jacta más del aparecer que del ser; le preocupa más el seducir, que el amar? Estamos en plena cultura de la satisfacción y del goce.

Todos tenemos conciencia de la profusión de bienes de consumo y de servicios, que hace posible la sobremultiplicación de opciones y organizar la existencia a la carta. Esto, que en otras épocas hubiera sido opción de ricos, hoy está relativamente al alcance de quienes tienen menos recursos, al menos como mentalidad.

En el pasado, las nuevas corrientes sociales, filosóficas y políticas, tuvieron sus admiradores, y sus adversarios. Había dos bandos.

En la revolución francesa, unos iban a la guillotina y otros eran sus esbirros. Cuando había un contragolpe de la monarquía, los papeles se invertían, pero la gente seguía dividida.

También el marxismo tuvo sus apóstoles y sus detractores; a unos la ideología les halagaba con vida más confortable y con poder omnímodo; los otros, subsistían en los bien conocidos en situaciones precarias.

Hoy, frente a la Postmodernidad, no hay esos enfrentamientos, esos bandos de simpatizantes y de adversarios. Parecería que todos nos sentimos identificados con ella. Tal vez, viendo los frutos, especialmente en los jóvenes, protestamos escandalizados y buscamos culpables, pero en la práctica nos sentimos “adicto dependientes” de la Postmodernidad, que es, como la manzana paradisíaca, irresistiblemente seductora.

Algunos de sus rasgos más representativos son:

       Apología del sexo

Frente a la sexualidad, la postmodernidad ha subido los decibeles a muy altas cuotas de promoción y de consumo, dosis fuerte de erotismo y de vulgar genitalidad. El sexo, es el alfa y el omega que polariza el goce de nuestra sociedad. Hay toda una apología del hedonismo focalizado en la sexualidad todo muy bien estudiado, programado y ofrecido con persistente desenfado.

En pocas décadas la moral de la sexualidad ha sufrido transformaciones inimaginables; se ha producido un verdadero estallido sexual. El sexo se ha convertido en consumo de masas mediante la telefonía erótica, los clasificados de citas, los videos pansexuales, y las telenovelas; el consumo de sexo se ha, no solamente intensificado, sino que ha ganado en precocidad.

Podemos decir que la postmodernidad vive a “toda sexualidad”, a toda “resurrección de la carne”.

La sobresexualidad contemporánea golpea a adultos, a jóvenes y adolescentes por igual. Podríamos decir que también a los niños, pues en el campo de la sexualidad existe una precocidad preocupante.

       La “religión” del consumo

Otra característica del perfil de la posmodernidad es la fiebre del consumo. Vivimos en la filosofía del hipermercado: mira, compra, usa, tira y vuelve a visitar la catedral del consumo.

Los motivos de las compras no son tanto las necesidades vitales, sino los reclamos de la moda, de estar al día, de llevar la marca de onda o imitar al colectivo (adolescente, ejecutivo, señora) al que pertenezco, porque hoy, aparecer estar bien es más importante que estarlo.

Consumimos sonidos, imágenes; el mismo zapping es el cetro para elegir y consumir a gusto, sin moverse y a velocidad satelital cuanta información arrojan los cables.

Hoy, joven o viejo, hombre o mujer, rico o pobre, siempre, está situado sobre un nudo de circuitos de comunicación, por ínfimos que éstos sean.

       Liberación sin fronteras

He aquí la nota identificatoria de nuestra época: todo se puede. No hay límites; los límites los marca tu deseo. Los códigos son relativos y a tu medida.

El hombre debe romper todas las fronteras y vivir a su medida.

La postmodernidad es la antítesis de lo que sea proyecto, planificación, estructuras, esquemas cerrados. La postmodernidad es un “estilo” de vida, es una “forma de ser”. Es mi sentimiento, dirá cada uno.

“Soy feliz, cuando puedo hacer lo que se me da la gana, lo que quiero y sueño; con mi música, solo o con mis amigos”.

El indeclinable gusto de privilegiar lo personal sobre lo social o familiar, es lo que Ricardo Maliandi llama “egocracia”, cada individuo se siente dueño de la norma y excluyen a todos los demás, sean principios o personas.

Para el postmoderno no hay nada prohibido: El desenfado en el hablar, adolescentes o adultos; la forma de tratar los mismos hijos a ciertos padres; el desaliño en la vestimenta y en el aseo personal, la falta de respeto y deferencia hacia los ancianos o hacia las personas mayores, es bien distintivo del nuevo estilo de vida; es afirmar el ser de la posmodernidad.


 

       El hombre inconsistente, “light”

Bien sabemos lo que son los alimentos dietéticos, los alimentos light; en la nutrición están de moda las bajas calorías, el bajo colesterol, el sin azúcar, etc.

Todo esto es saludable, y en ciertos momentos necesario para recomponer la salud o mejorarla, pero puede también convertirse en una tentación muy pagana, muy al new age de nuestros días. Está de moda la idolatría de la corporalidad.

La cultura de bienestar ofrece un arsenal de normas de autocontrol no de la persona; sino del body; guardar la forma, suprimir arrugas, broncearse, relajarse, mantenerse delgado. Para el posmoderno la felicidad pasa por la justa dosis de higiene, deporte, estética, dieta y control mental.

Pero los postmodernos tenemos otras inconsistencias, somos light no sólo en lo corporal, también lo somos en el campo de los valores, de las grandes decisiones.

Nos cuesta empeñar la palabra y darle un valor definitivo. Somos amigos de lo provisorio, estamos inmersos en un mundo de lo descartable y hemos aplicado a los grandes valores, a la trascendencia, al amor, la mentalidad de lo relativo, lo circunstancial. Corremos el riesgo de cubrir lo serio, lo definitivo, con lo banal y sustituir lo consistente por lo frívolo, al mejor estilo de la cultura de lo efímero.

Nuestra sociedad posmoderna ha dilatado los horizontes epidérmicos: viajes, relaciones sociales, información abundantísima, fiestas, etc. Ha ganado en relación y contactos externos, pero ha perdido en interioridad, ha postergado el encuentro con su yo profundo. Hemos iniciado un proceso serio de despersonalización. También nuestra relación con Dios queda afectada por este proceso.

 

       Masificación y gregarismo

La masificación y el gregarismo contemporáneo se da no sólo por la monotónica arquitectura de nuestras megalópolis; se percibe también en esos ríos de gente que deambula por nuestras ciudades, que sale de los trenes subterráneos, todos con el mismo taciturno silencio, todos con prisas y como programados para la rutinaria labor del día.

Pero donde la masificación y el gregarismo se pintan con relieve es en el estilo de vida de los jóvenes, no siendo ajenos los adultos: todos visten de la misma forma; tararean o cantan las mismas canciones; ingieren bebidas similares, en horarios cronométricamente exactos.

Les fascina la marca, la pilcha, el auto, la moto, el lugar del carrete, las zapatillas de onda; son fieles del grupo musical, con frecuencia dichos musiqueros son verdaderos héroes del derrumbe, pero igual los siguen fanáticamente.

Pesan mucho los amigos y/o las amigas, que tienen. Muchas veces, tienen más poder de decisión que la propia familia.

Los grupos entre sí están cohesionados y armonizan; tienen sus pactos y sus leyes, pero frente a otros grupos pueden ser enemigos intolerantes y violentos. Lamentablemente nuestra vida diaria está sembrada de estas agresiones.

Parecería que el joven posmoderno al estar arraigado en un grupo estuviera exento de la soledad, de la angustia y de la depresión. No es así. El joven y el adolescente recibe mucho de su grupo, pero no lo suficiente como para impedirle la orfandad. ¿Por qué?

Porque en el grupo las relaciones carecen de profundidad y no son personalizadas; porque si bien recibe mucho de su grupo, ¿Un adolescente puede conducir a otro adolescente? Hay que recordar que un ciego no puede conducir a otro ciego.

La soledad lleva a la angustia y ésta desemboca en una “huida”: droga, violencia o suicidio.

 
 

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